“Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción “ EDUARDO GALEANO - EL LIBRO DE LOS ABRAZOS”
Este breve texto de Eduardo Galeano, se lo envié, hace unos días a mi hermano, en Estados Unidos.
Por supuesto, había otras referencias familiares que no hacen al tema, y si así fuera, me las olvidé.
Es que sucede, cada tanto, pero parecería que no a todo el mundo, que nos agarra “la mala racha”
Muchas veces, la abonamos con la tierra fértil de guardar inutilidades, entonces la “mala racha” se multiplica, pues hallamos cosas que nos eran necesarias el año anterior, pero no encontramos las que precisamos para ese día, ese momento, y a esa hora.
Pasa con los recibos de sueldo, pues debemos actualizar una tarjeta, y aparecen los del año 2006, 2007, 2008, pero ninguno del 2010.
No hay que preocuparse, lo encontraremos el año que viene o la semana entrante, cuando ya no lo necesitemos.
Otras cosas que se nos pierden, a veces momentáneamente, y a veces de forma definitiva, son los lentes o el estuche de los lentes, los paraguas, los bolígrafos, los encendedores, y ahora, los celulares.
Los han minimizado tanto, que cuesta encontrarlos en el bolsillo, mucho menos si se olvidan en el estante de un supermercado, una tienda o un diario.
Esas cosas son recuperables, o, por lo menos, sustituibles.
No lo son las agendas, las direcciones de correos electrónicos, anotadas en papelitos para “después pasarlos a la compu” ni los números de celulares, escritos sin su nombre correspondiente, o sea, tenemos el número pero ¿de qué nos sirve si no sabemos a quién pertenece? A veces se acumulan en cantidades tan importantes, que llamar a cada uno para saber a quien corresponde, cuesta una fortuna.
Pero lo más importante que perdemos son los nombres, y no solamente los nombres, sino las caras de esos nombres.
Ese es el olvido más triste.
Porque con las caras que perdemos, perdemos los afectos que tuvimos, los juegos que jugábamos, los libros que leíamos, los árboles, las veredas, las arenas, los aromas, los pájaros, las calesitas, los circos…
Pero mi hermano, se hace un lugar para destrabar con humor, ese candado de llave perdida que es el olvido, y encontró su receta para encontrar cosas que se pierden, y me contesta:
“Querido hermano Ricardito:
Ja, andamos por la misma; yo me acuerdo donde dejé la botella de brandy, y después veo. Hasta doble pa compensar. Encuentro las cosas dos veces.
Por aquí todo bien, ya te lo dije en otro e-mail pero te habrás olvidado”
Pero Jorge Luis Borges, pone, a su manera, las cosas en el lugar debido, no importa que estén perdidas, ni tampoco que estén halladas.
Las cosas
El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.
