1-Más de 115 millones de niños trabajan en las peores formas de explotación
2-El trabajo impide el acceso de los niños a la educación
3-La erradicación de estas prácticas ha disminuido, afirma la OIT
4-40 millones de niños trabajan como sirvientes domésticos
Las cifras aterran, más aun cuando, muchos millones de niños, son obligados a enrolarse en ejércitos, sobre todo en Africa, y se cuentan por decenas de miles los que en otras partes del mundo, corren la misma suerte.
Este sucinto encabezamiento, da cifras frías.
La realidad es mucho peor.
Hay una contraparte que impone una serena reflexión.
Nuestro país, que ostenta también un índice preocupante de niños que trabajan, voluntariamente o son explotados en oficios riesgosos, no padece de esa institucionalización ignorada, pero, también la realidad nos dice que existe.
Acá, en nuestro pueblo.
Pequeños que van con sus familiares a levantar residuos, son una imagen, una triste imagen cotidiana.
Por otro lado, una propuesta que parece haber pasado desapercibida, tiene un tufillo nazi o stalinista.
Escuela para los niños, los 365 días del año.
Tal vez alguien pueda pensar que es una buena idea.
Pues no lo es.
El niño debe tener además de las obligaciones propias de su formación física e intelectual, su propio mundo de libertad.
Obligarlos a permanecer durante todos los días del año en la escuela, coarta su libertad, y muy probablemente sea más que perjudicial, inviable.
También el otro extremo, niños que no trabajen, no parece solucionar nada.
El niño debería tener (de hecho tiene) obligaciones mínimas.
No es posible que el “no hacer nada” lo convierta en una persona absolutamente dependiente.
En nuestra niñez, y en la de muchos, teníamos obligaciones que debíamos cumplir.
Eran labores de pocas horas al día pero conllevaban una responsabilidad.
Hacer los mandados, dar de comer y lavar los recipientes de agua de los gallineros, ayudar a carpir y limpiar de yuyos las quintas, recoger los huevos, extraer las zanahorias, cortar las acelgas, desgranar el maíz, eran tareas habituales, que nos correspondía hacer, y que formaban parte del aprendizaje elemental, nadie se enfermaba por realizar esas menudas tareas, y las niñas no eran una excepción, aunque había una natural “división del trabajo”
Barrer, lavar algunas ropas, coser algún botón, poner la mesa, ayudar en la cocina secando vajilla, eran tareas predominantemente femeninas, aunque alguna diablura obligara a veces a los varones, a la humillación de barrer un patio, o ayudar a tender ropa.
En nuestro medio rural, desde pequeños los niños aprenden a andar a caballo, y ya mayorcitos, y por natural observación de la labor, ayudan a arrear algunas vacas, a ensillar, a ordeñar, y, en general, todas las tareas que hacen del hombre de campo, un hombre de campo.
¿Debería prohibirse ese aprendizaje natural, que se hace con tanta naturalidad?
Lo mismo puede decirse de cantidad de situaciones en las cuales los niños aprenden, casi como jugando, el oficio o el trabajo del padre, y las niñas el de las madres.
Menudencias que van creando el hábito del trabajo.
Imponer a esos niños, una esclavitud escolar, es sencillamente absurdo.
¿O debemos preparar una sociedad que tenga solamente abogados, escribanos y médicos?
Ni carpinteros, ni esquiladores, ni tamberos, ni horticultores, ni herreros, ni fotógrafos, ni escribas, ni cocineros, ni talabarteros, ni vendedores, ni locutores…
Esa utopía patas arriba, de gurises viviendo seis años ininterrumpidos en una escuela es un disparate.
Como también lo es, dejar librado al azar, o a la voluntad divina, el solucionar la deserción escolar, los niños pidiendo una moneda, o realizando tareas riesgosas e insalubres.
A veces, los extremos se tocan.
