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Mariana Pineda: bandera y silencio
Ricardo Berrutti | 31/08/2010
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Suele suceder que algunas obras, que parecen salidas de la ficción, tienen un fondo real.
Me sucedió con el comentario aparecido el viernes pasado en UNIVERSARIO, que una joven me confesó que lo publicado sobre la historia de Mu- Lan la había sorprendido, pues pensaba que era un personaje ficticio, salido de la imaginación de los Estudios Disney.
Aunque en la breve nota se aclara, que la versión cinematográfica, tiene poco que ver con la historia real, queda en la memoria el personaje ficticio, y esconde la verdad de una verdadera guerrera china, que comandó ejércitos multitudinarios.
Pasa lo mismo con Mariana Pineda, que queda en el imaginario popular, solo como si fuera una obra del mismo nombre de Federico García Lorca.
La verdad es que Mariana Pineda, existió, realmente, y es una de las leyendas de la lucha libertaria del pueblo español, y, que nació, justamente un primero de septiembre de 1804.
Su historia ha sido cantada y contada desde su trágica ejecución, como un símbolo de la resistencia española al despotismo y al avasallamiento de sus libertades.
Nació en Granada, en el barrio Parroquial de Santa Ana , Mariana de Pineda y Muñoz. Hija natural de D. Mariano de Pineda, de familia de abolengo granadina y de Dña. Mª Dolores Muñoz de familia humilde de Lucena, Córdoba. La distinta condición social de sus padres hizo inviable el matrimonio.
La separación de su madre y la muerte prematura del padre llenó de dificultades los primeros años de su infancia, por lo que al final fue dada en tutoría a un matrimonio sin hijos al servicio de los Pineda. A partir de entonces tuvo una infancia feliz, recibiendo educación en el Colegio de Niñas Nobles. A los 15 años contraía matrimonio con Manuel Peralta y Valte, militar de ideas liberales. En 1822, en pleno trienio Constitucional, Mariana quedaba viuda con dos hijos de corta edad.
En 1823 era abolida la Constitución por Fernando VII, y se restauraba el régimen señorial y represivo del primer período absolutista. En este período de 1823 a 1833, denominado la “Década Ominosa”, es en el que transcurre los últimos años de su vida. Mariana participa en las tertulias donde se conspira, asiste a los presos en la cárcel, entre los que se encuentra un primo y un tío suyo, viéndose implicada por la policía en el fuga de su primo Fernando Álvarez de Sotomayor, además de por unos documentos comprometedores descubiertos en su casa de calle Águila.
Los acontecimientos políticos habían extremado su violencia a comienzos de 1831 y la esperanza de los liberales, tras fracasadas y sucesivas sublevaciones contra la tiranía absolutista, comenzaron a desfallecer. A mediados de marzo el subdelegado principal de la policía y alcalde de Casa y Corte, Ramón Pedrosa, conoce por una denuncia la existencia de una bandera para un proyectado alzamiento de los liberales granadinos, obligando a las bordadoras del Albayzín, que por encargo de Mariana confeccionaban la bandera, a llevarla a medio terminar a su casa de calle Águila donde es descubierta por la policía.
Esta “prueba” sirvió de base para la aplicación de la pena capital impuesta a Mariana de Pineda. Fernando VII estimó la propuesta “justa y arreglada a la ley” y firmó la sentencia de muerte, que se llevaría a cabo en la forma ordinaria de garrote vil el 26 de Mayo de 1831. Al conocer la sentencia Mariana dijo: “El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo”.
La coincidencia de su muerte con la eclosión del Romanticismo propició, a partir de su gran personalidad, una imagen de Mariana de Pineda en cierta medida falseada, abocándola a convertirse, para unos en icono liberal o republicano, y para otros tan solo en una víctima inocente asesinada por venganza de un supuesto amor desdeñado; consideración ésta última que también se hace con otras mujeres históricas.
Murió ajusticiada por un doble motivo: haberse unido a los defensores de una causa política y no consentir en traicionarlos. Por eso, aunque indudable heroína en la historia de la Libertad, puesto que por la libertad se alzara la bandera que ella quiso ofrendar y que fue el pretexto legal de su proceso, debe también reconocerse su lealtad hasta la muerte.








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