La “Noche de la Nostalgia” es un producto uruguayo.
Si la hubiesen inventado los brasileños, la palabra sería, en vez de “nostalgia” “saudade” una palabra dulce, como hecha para poetas, y que tiene varias acepciones pero refieren al mismo tópico 1-Nostalgia, echar de menos algo.
2-Pena por no saber cómo le va la vida a la persona estimada.
3-Melancolía a partir del feliz recuerdo, y cierto regocijo y felicidad a partir de él.
Nuestras nostalgias, están hechas de nuestro pueblo, de los recuerdos de la niñez y de la adolescencia.
Ya después, deja de ser nostalgia, y pasa a ser un recuerdo más tristón, más con aire de tango.
La nostalgia tiene su propia música, sus aromas, sus ruidos de calle.
La nostalgia es recordar la estación del ferrocarril, y sus andenes llenos de gentes, los diarieros y el ómnibus que esperaba su pasaje.
Es la “pizza a caballo” de lo de Cantera, el casín del Centro Unión, refugio para raboneros.
Es el “primus” de la abuela, los pasteles de dulce de membrillo, las tortas fritas bañadas en azúcar, la pelota de goma y el arco formado por dos árboles.
Es el “Campito Caorsi” y el rumor de agua de la cañada, y el lento pastar de los grandes percherones que tiraban los carros del Molino.
Es la “matiné” del Cine Español, los refuerzos de galletitas y mortadela de lo de “Don Feliciano” y las mesas de truco y conga del “Negro Mauccione, la feria de los domingos en la Plaza Independencia, las revistas de Red Ryder, Tarzán y El Llanero Solitario.
Las figuritas de los chocolatines “Aguila” los vendedores de helados, los vendedores de plumeros y escobas, la musical ronda de los afiladores, el grito de los diarieros, el color y el sabor de las sandías, las uvas y los melones, el zumbar de abejas alrededor de sus colmenas, los “varitas” dirigiendo el tránsito, los discos de vinilo que dejaban la voz de Atahualpa Yupanqui en el aire dulzón de tardecitas con perfume de jazmines y madreselvas, los “Judas” quemados en las noches frías de junio, los caramelos de las “piñatas” en los cumpleaños, los cuadernos “Tabaré” Rosita Ferrando, las alpargatas con suela de yute.
Es mi padre, que era sordo, y le enseñaba a cantar a los “mixtitos” frotando un corcho en el vidrio de una botella.
El no los oía, pero llenaban el patio, bajo los parrales, de trinos melodiosos.
Eran las carreras de “karts” calle abajo por Penza, arduamente armados pidiendo unas maderas en las carpinterías, unos rulemanes en los talleres.
Eran los “Chalchaleros” y el “Club del Clan” con “Palito” Ortega, Violeta Rivas, Jhonny Tedesco, los primeros acordes de “Los Beatles”, las pastillas de menta y eucalyptus de la Farmacia Lombardi, las vidrieras repletas de juguetes de la “Casa X”
Eran las carnicerías donde la carne se envolvía en papel de diario, y las cabezas de vaca se regalaban a quienes no podían comprar la carne.
Era correr bajo la lluvia, libres y descalzos, y armar una casa de ramas y aspilleras en la copa de un ciruelo centenario.
Era dejar pasar el suave otoño, saboreando tangerinas que salía de cualquier patio, porque no podía faltar un tangerino de oro en ningún patio.
Por eso, la “Noche de la Nostalgia” no es solamente música.
Es ese aluvión de recuerdos, que a veces cobran vida en fotos amarillentas, en antiguos libros de escuela.
Cuando llegue la noche, estemos donde estemos, oiremos las voces que ya no están, tarareando alguna vieja canción, sentiremos el aroma de los minúsculos jardines, oiremos el piar de pollitos en los patios, y un perfume de rosas y eucaliptos y tomillo y orégano, se detendrá, por un instante en nuestro sueño.
Y el recuerdo de los hermanos lejos, y de quienes ya no están para revivir la felicidad inocente de los niños.
