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Para niños: el colibrí
Ricardo Berrutti | 06/07/2017
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Había una vez un pequeño colibrí que había perdido a toda su familia mientras volaban lejos huyendo de los días fríos de invierno. Desconsolado y sin fuerzas, el colibrí decidió guarecerse en una cueva oscura de la montaña. Entre ramas y hojas secas, el pobre animalito recordaba las palabras de su madre antes de partir: “Debes permanecer cerca de nosotros y no alejarte, o de lo contrario te perderás”.
Pero nuestro amigo era muy entretenido, y mientras volaba cerca de su familia le llamaban la atención todo tipo de maravillas, desde el verde de los árboles hasta el azul del cielo. Sin embargo, aquella mañana mientras volaba en lo alto, el colibrí descubrió algo que no podía dejar de mirar, era un reflejo de luz, un destello a lo lejos en la tierra. Lleno de curiosidad, la pequeña ave decidió descender de las alturas para descubrir qué era aquello tan hermoso.
A medida que se acercaba, el colibrí pudo descubrir que se trataba de un río inmenso cuya agua era tan cristalina que enamoraba desde el primer instante. “¡Qué aguas tan hermosas!”, repetía una y otra vez el colibrí mientras observaba el reflejo de sus alas batiendo en la corriente del río. Sin darse cuenta, nuestro amiguito estuvo por varias horas revoloteando sobre el río, contemplando el destello del Sol en el agua y maravillándose con la pureza del lugar.
Fue tanta su emoción que no se le ocurrió más que ir y enseñarle a su familia aquel rincón tan hermoso que había descubierto. Desafortunadamente, el tiempo había pasado y por mucho que el colibrí llamó a sus padres, ya no le podían oír, pues se encontraban muy lejos.
Al ver que se encontraba completamente solo, el colibrí se asustó tanto que un temblor sacudió su cuerpo, y el arroyo centelleante ya no le parecía tan hermoso. Para colmo, el pajarillo comenzó a ver sombras oscuras y ruidos extraños. El lugar mágico se había convertido en un terreno asolado que cada vez se tornaba más oscuro a medida que el Sol se ocultaba detrás del horizonte.
Fue entonces cuando el colibrí decidió buscar un lugar donde pasar la noche, y al llegar a la cueva y acomodar las hojas secas en el suelo se tumbó desconsolado con lágrimas en los ojos. “¿Cómo podré regresar con mi familia? Los extraño tanto”, sollozaba el triste animalito.
Sin embargo, entre lamento y lamento, el colibrí recordó algo muy importante que siempre le habían dicho sus padres. “Cuando te pierdas, no te alejes del lugar donde nos vistes por última vez y busca el punto más alto para que podamos encontrarte”. ¡Así mismo! Por fin hallaba esperanza el colibrí.
“Mis padres me estarán buscando cerca de aquí, sólo debo subir a la copa del árbol más alto y esperar a que vengan por mí”. El colibrí estaba contento, y sin pensarlo dos veces, salió a toda velocidad de la cueva para buscar el árbol más grande de todo el lugar.
Tan alegre estaba el colibrí que revoloteaba con todas las fuerzas de sus alas, y después de buscar y buscar, finalmente pudo encontrar el arroyo donde se había quedado extraviado y una vez allí decidió subir a la copa de un árbol desde donde se veían todos los demás en lo alto. Posado en las ramas, el colibrí comenzó a cantar alegremente para atraer la atención de sus padres, pero era tan contagiosa su melodía, que pronto todos los pájaros del lugar también decidieron cantar junto con el colibrí.
En poco tiempo, la melodía alcanzaba un volumen cada vez más alto, y gracias a ello, los padres del colibrí lograron reconocer el cántico y retornar al lugar donde el desafortunado pajarillo se había quedado extraviado.
Desde entonces, el colibrí siempre viaja acompañado de su familia cantando con alegría, pues comprendió que, aunque sintamos miedo, nunca debemos perder las esperanzas y lo más importante, siempre debemos confiar en nosotros mismos.

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