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Guapos y jodidos
Karlos Garateguy | 01/07/2017
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Dentro de este lío que se viene generando con los gastos que realizan los legisladores de todos los colores políticos, hay uno que, después de sanar sus heridas, parece volver nuevamente por la “prenda”. La prenda no es otra que la banda que atraviesa el pecho de los gobernantes, y este Guapo no se convence de que la tipa no lo quiere. La resolución de lanzarse nuevamente al ruedo la tomó después de varios días de deliberación con su otro yo, ese terco que llevamos adentro y que dice no, cuando el otro dice sí.
En su última derrota, este valiente gaucho amenazó con tomarse los vientos para siempre de la política, pero terminó reculando en las escaleras del directorio de su partido. Uno de los yo estaba parado y el otro, sentado a su costado para convencerlo en su nueva patriada. Lo que no se sabe muy bien es cuál de los dos Larrañaga fue el que terminó convenciendo al otro: si el Guapo que vive en sus entrañas o el Larrañaga que hasta no hace mucho enjabonaba su cara para pasarse la navaja.
Hasta ahora, este gaucho solo sabe de porrazos a la hora de convocar gente a las urnas. Tiene más golpes que la campana de la San Pedro, pero, igualmente, va por otra rodada. Lo de Correntada parece que ya no corre más y, por estas horas, ambos Guapos buscan un nombre para su nuevo grupo. Aquello que era una caudalosa correntada hoy no es más que una cañadita que a cualquier gaucho le da por las rodillas. “Más solo que nunca” sería el eslogan para la nueva agrupación política, para el Guapo y su rosillo. De a uno le fueron sacando los “pescaditos” de la Correntada, y el último en irse fue Domingo Rielli, que ya es una “banderita” más en la cancha de Lacalle Pou. La primera que lo dejó en banda fue la “morocha”. Verónica Alonso también quiere bandita presidencial y atributos no le faltan para cautivar a más de un despistado. Al Guapo Larrañaga le va quedando el tordillo y algún que otro gaucho que se niega a desertar antes de la batalla.
Rielli ya es parte del decorado de Luis Lacalle Pou y, por estas horas, seguramente, esté diagramando el mapa por el que irán a atacar. Lo que se rumoreaba en materia de pases, tanto en lo local como en lo nacional, es tal cual; a Domingo —la figura principal en aquel audio campero que circuló en el pueblo, donde le hablaban a un tal “Cabecita” para abrirle la mente— es uno más en la lancha de Vidalín. El primero en dejar el nido de “águilas” fue Juanjo Bruno, el “pichón” que agarró el Cacho para terminar de criar. De a poco, el parque “temático” de Vidalín se va llenando de “aves”, hasta ayer, de rapiña.
Y este asunto de los gastos de los parlamentarios en viajes, relojes, saunas y hoteles de cinco estrellas parece no tener fin. Sendic, cansado de que le metan el dedo en el bolsillo de atrás, salió a tirar abajo a varios de los “Superman” que surcan los cielos en viajes interminables. El primer “avión” que derribó fue el del presidente del directorio blanco, Luis Alberto Heber, alias el “gato volador”. Lo que ha viajado este señor bate los libros de Guinness y los libros donde hay que decir el nombre al salir y al ingresar al país. Ni Julio Verne ha viajado tanto como este señor de los parlamentos criollos. Los vikingos, un porotito al lado de esta ave voladora de Lacalle y compañía limitada. Según su pasaporte —que a esta altura tiene más hojas que la biblia para poder meterle tantos sellos de partida—, ha viajado más que Colón. Con razón siempre está bronceado y de buen color, y no es por algún líquido que se tome en los cuartos intermedios para colorearse el rostro. Parece que este “Martini” —por lo Super Blanco— es más lo que se sienta en los sillones de los aviones que en los del Parlamento; tiene más ajustes de cinturones de aterrizaje que Astori redactando la Rendición de Cuentas.
El otro que viajó, pero lo bajaron cerca, fue Pablito Goncálvez. Este gaucho, sí, está salado, pobre. Treinta años preso, sale y en la esquina lo agarran. Tanto tiempo adentro, el pobre Pablito perdió la noción del tiempo, del espacio y de la viveza criolla. Lo agarraron con unos gramos al cuete de coca y ahora corre el riesgo de comerse veinte años más, esta vez, en lares paraguayos. Por ahí, tiene suerte y zafa; a los paraguayos si les caes en gracia, te pueden dejar ir con el “bulto”. A Moria Casán, no hace mucho tiempo, la detuvieron en la aduana, porque le vieron algo grande debajo de la blusa. La revisaron y se llevaba un montón de joyas que había caloteado, metidas en el corpiño. La revisaron y, al ver que todo era suyo, la dejaron pasar tranquilamente. A Pablito, por este pequeño bultito entre sus ropas, no creo que lo metan en cana. ¡Eso te pasa por bobeta, Pablo! Aprendé de los políticos, muchacho, y hacéte rápido de una tarjeta corporativa.

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