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Entre el río y la mar
Ricardo Berrutti | 03/05/2016
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“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, lo llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o incluso un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía evitarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer”

“El viejo y el mar” de Ernest Hemingway


“El Viejo y el Mar”, novela en inglés, para nosotros una novela corta, permitió a Hemingway ganar el premio Pulitzer en 1953 y después el Nóbel de Literatura en el 54. En esta obra Hemingway desarrolla una complicada trama en la que demuestra una vez más cuán pequeño es el hombre ante la naturaleza, pero cuán grande es aquel que tiene honor y dignidad para afrontar las dificultades”
El 4 de mayo de 1953, Hemingway recibió el “Premio Pulitzer” por su novela corta “El Viejo y el mar” y, en octubre de 1954, el Premio Nobel, por la totalidad de su obra hasta el momento.
El “Chaco” Gamboa, nunca escribió sobre sus arduas faenas en el Río Yí.
Era arenero, y pescador ocasional.
Para él, como para cualquier duraznense, la vida era el río.
Nada de hembra como “la mar” de Hemingway.
El río es rudo, la mar, violenta.
Río arriba, más allá de la “Picada” de Rebollo, el río llega en dos brazos paralelos, después de ser una gran agua, flanqueda, al norte por altos barrancones arbolados, que caen a pico sobre arcillas traicioneras y multicolores, y al sur, por hilos transparentes de agua, en cuyo lecho, duermen y brillan los más hermosos guijarros del mejor “pedregullo” que da el río.
Con su bote atado a un manojo de sarandíes, de espaldas a los altos médanos y a los farallones intermitentes de granito, el “Chaco” rodeado de teritos de río, mariposas y sauces, remangados los pantalones y con una vieja camisa enroscada en la cabeza, para salvar la resolana de las horas del mediodía, zarandea el pedregullo para formar montículos cuyo brillo de agua se apaga, para ser cantos rodados al sol, que, como piedras preciosas, relumbran entre la arena de oro y el cielo limpio y azul de noviembre. Está solo con su bote, y lo envuelve el perfume del agua clara, el de los lejanos espinillos, y el del arrayan que también flota en la mansa quietud de ese brazo de río.
Es, como el Santiago viejo, un hombre terco y duro contra el incipiente calor que anuncia verano.
Mientras el bote comienza a hundir sus maderas encorvado por el peso de los guijarros que forman otra playa desde el fondo del fondo del bote, el “Chaco” no piensa ni en literatura ni en premios Pulitzer o Nobel, sino ese trabajo que tiene casi la misma heroicidad de Santiago, luchando con su gran pez.
Cuando la tarde decline, sudoroso y cansado por el remo, que ya, ahora, es mucho más pesado que en la mañana fresca, llega, como el héroe de Hemingway, agotado casi, a descargar sobre un carro tirado por dos caballos pacientes, su diario jornal, el que le ha pagado el río, por su solitario trajinar entre médanos y piedras, sin nadie que cuente su lucha de cada día, ni ensalce su trajinar entre médano, piedras y arrayanes perfumados.
Hoy, quizá ya es tarde.

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