Cuarenta años después, José Mujica Cordano, el viejo tupamaro, hoy convertido en presidente a través de las urnas y los votos de las “democracia burguesa”, despreciada y vilipendiada por la guerrilla de la que fue parte, la sustituyó por otra consigna, más civilizada e incluyente: “Habrá patria para todos y con todos”.
Así finalizó el discurso, el 1 de marzo, dado por Mujica ante la Asamblea General, el lugar de representación democrática de la sociedad por excelencia. El discurso de Mujica fue una pieza oratoria meditada, punto por punto, donde nada se dejó de lado y con múltiples mensajes, tanto para la oposición, para la interna de su fuerza política, como para el uruguayo de a pie. Nada quedó librado al azar y por eso es más que importante, dado que no se trató de una improvisación sino que fue estudiado y sopesado el impacto de cada palabra, de cada frase, dicha allí, en la solemnidad del Palacio de las Leyes.
No fue un discurso más, fue el discurso de asunción de la presidencia de la República y el discurso con el que se marca el camino y las líneas maestras para los próximos cinco años.
Allí Mujica planteó claramente políticas de Estado, mirando el país para dentro de 30 años, consciente de que para ello se requiere espíritu de cooperación y complementariedad, al tiempo que destacó, en una feroz autocrítica y para horror de quienes se jugaron en el pasado al “todo o nada”, entre ellos el propio Mujica y sus compañeros de ruta del MLN, que las cosas no se consiguen “a los gritos”.
Mujica es capaz de decir y hacer plausible lo dicho en su discurso, porque nadie en el Uruguay puede reclamarle algo a un hombre que pasó casi 15 años en condiciones infrahumanas de reclusión por defender sus ideas que ahora reformula sabiamente al constatar que hay un pueblo, con múltiples sensibilidades, que espera que él, como presidente, brinde las posibilidades para vivir mejor.
Ya no se trata que unos pocos iluminados hagan la revolución sino que se trata de trabajar colectivamente con todos, cada uno con sus habilidades, para lograr los objetivos trazados.
No es una tarea fácil. Mujica supo señalarlo cuando reconoció que gobernar no era algo sencillo, ya lo percibió cuando debió lidiar con la maquinaria estatal en el Ministerio de Ganadería. El pasado gobierno con Tabaré Vázquez a la cabeza, supuso para la izquierda un aprendizaje, y lo salvó con nota. En este, con Mujica al frente, se supone que no va a cometer los mismos errores.
¿De dónde vendrán, entonces, los mayores desafíos para el gobierno de Mujica? ¿De la oposición? En principio parece que no. Sino de la propia interna de su fuerza política y de los sindicatos, sobre todo el de los empleados públicos y entes del Estado, que ven que la aspiración del presidente de reformar el Estado (y parece que está decidido a hacerlo y la debe hacer ahora que tiene una inmensa popularidad), es una amenaza, por más que diga que lo va hacer con los funcionarios y que no va a ser contra los funcionarios, aunque no haya dicho cómo lo hará.
Es que en la primera de cambio ya ha habido encontronazos y duros. Desde COFE, laz gremial de los funcionarios públicos, y también desde los sindicatos de la educación se lo acusa de ser de derecha y de querer llevar adelante las reformas de los años ´90 acomodadas a estos nuevos tiempos.
La reacción vino luego que el presidente, ligero de lengua, ya se sabe, cuestionó los concursos para ingresar en el Estado y cerró la posibilidad del empleo público. Luego parece que debió rectificarse, pero en el fondo lo que molestó fue que Mujica explicitó algo que, dicho desde la izquierda y en voz alta, es mucho más duro, pero que es la verdad puesta negro sobre blanco. Recordó que durante la crisis del año 2002 los que pagaron los platos rotos, los que iban en bandadas al seguro de paro, los que resignaban sueldo para mantener sus empleos eran los trabajadores y pequeños empresarios del sector privado, mientras que los públicos cobraron religiosamente su salario y mantuvieron sus puestos de trabajo. Mujica dijo lo que muchos vivimos en esa época: el sector privado pagó la crisis. Es que en este país, las crisis no son compartidas y esto es una verdad que nadie puede desmentir ni controvertir.
Hoy, en el 2010 un tupamaro cuya sola mención hace 40 años ponía los pelos de punta, se propone hacer la revolución y no es con las armas sino con las ideas, porque llegó a la conclusión que no hay caminos cortos: son largos, empedrados y llenos de dificultades.