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Continuidad y cambio
La decisión del presidente electo, José Mujica, de acudir al sector privado para solventar los gastos de su fiesta de asunción como jefe del Poder Ejecutivo ha generado controversia, sobre todo en el seno de la izquierda.
Antonio Ladra | 20/02/2010

Las primeras críticas surgieron desde el PIT CNT, cuyos principales dirigentes se mostraron “inquietos” porque la financiación de dicho acto, que Mujica pretende sea solventado con el aporte de diez empresas a un costo de 15 mil dólares cada una, genere compromisos para el próximo gobierno.

Mujica ha explicado su decisión basada en su honorabilidad y credibilidad: “me puedo equivocar, pero no tengo precio” y en el pragmatismo: “tratamos de ahorrar y vamos a aplicar esta política a muerte en todo para priorizar ciertos gastos útiles”.

Así están planteadas las cosas en un marco de discusión más bien hacia la interna del partido gobernante, donde la oposición apenas si ha abierto la boca por medio del senador electo por el Partido Colorado Ope Pasquet, quien criticó la decisión de Mujica en el entendido de que se trata de una “privatización” de un acto republicano, como lo es la asunción de un nuevo gobierno, y que eso “debe ser financiado por el propio Estado”.

De todos modos, nadie se ha puesto a cuestionar la realización de la fiesta, porque Mujica bien puede asumir como presidente sin la necesidad de acudir a un acto más allá del protocolar y republicano en sí, que es el propio cambio de mando.

Hubo fiesta popular cuando asumió como presidente Julio Sanguinetti, tras la dictadura y en esa oportunidad quizás estaba justificado porque fue cuando se puso punto final a los años oscuros y comenzaba a alumbrar otra época.

Hubo luego fiesta popular cuando asumió Tabaré Vázquez, y este fue un acto que sí fue cuestionado por la oposición por su magnificencia y por el costo del mismo, pero en este caso fue el Estado, es decir todos los uruguayos, los que lo financiamos.

En lo personal no me gustó ese acto monumental, quizás fuera de contexto para la situación económica que en ese momento todavía vivía el país, pero, como contrapartida, se puede justificar por el hecho de que era la primera vez que una fuerza, hasta ese momento desafiante, se hacía del gobierno.

Por esa misma razón me pregunto: ¿Es necesario hoy, que en todo caso se trata de una continuidad política, más que un cambio, hacer una fiesta?

Pareciera que lo que subyace en este tema, como en otros más trascendentes, es esa especie de necesidad manifiesta del presidente electo de ser en todos los planos la continuidad, sí, porque son del mismo partido, pero también el cambio, porque hay otra sensibilidad e historia, con respecto al presidente Vázquez.

Interpretando el pensamiento de Mujica parece que fuera el siguiente: “Vázquez hizo fiesta, yo la hago también, pero yo no lo pago con plata del Estado, mangueo por aquí y por allá. Tabaré se instaló en un búnker de trabajo, que fue el hotel Presidente, yo no; ando de aquí para allá, no gasto un mango, ni del partido ni del Estado”.

Es lo que ocurre por ejemplo con el tema de la guardia presidencial y esto ya no es interpretar el pensamiento del mandatario electo, es lo que él mismo dice: “Vázquez tiene un grupo de guardaespaldas, yo me niego a tener esa parafernalia, prefiero ser el único ser humano del planeta que cuando sale de su casa se tiene que “auto clandestinizar” para evitar la horda de periodistas que me esperan en la puerta”.

Por estos días se da un caso significativo: el presidente Vázquez viajó ayer a México a la reunión del Grupo de Río, donde, además se va a despedir de sus pares del continente, pero Mujica no viaja, a pesar de estar invitado. Adujo que tiene una agenda ocupada. ¿Habrá sido para no ir con Vázquez? Va de suyo que todo gobernante tiene una agenda ocupada, más si va a asumir en pocos días, pero es poco correcto desde el punto de vista político e inexplicable no concurrir a una cita continental donde, además, puede ser la presentación formal y oficial del futuro mandatario.

La presidenta de Chile, Michelle Bachelet, que también abandona el cargo, concurrirá acompañada de su sucesor, Sebastian Piñera, a pesar de que representan dos concepciones ideológicas distantes y casi opuestas. Otro caso análogo es la del mandatario de Costa Rica, Oscar Arias, que concurrirá con la electa presidenta Laura Chinchilla, aunque aquí habría que hablar de continuidad como en el caso de Uruguay.

Pero mas allá de presentaciones, ¿no hubiera sido interesante que, instalado en la propia lógica de Mujica, éste debería haber viajado a México, país con el cual Uruguay tiene firmado un casi tratado de libre comercio, para estrechar lazos comerciales y de paso abrir las puertas para negocios que pueden ser mucho más grandes que los 150 mil dólares que se pretende ahorrar pidiéndole a privados?








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