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Mujiperón
En poco más de 15 días Uruguay asistirá a un nuevo cambio de gobierno, lo que dentro de los vaivenes de la democracia parecería que no es novedad, pero sí lo es, y es, además, histórico.
Antonio Ladra | 13/02/2010

Es novedoso desde el momento en que se da la continuidad de un partido de izquierda en el poder. Un presidente del Frente Amplio, Tabaré Vázquez, le traspasa la banda presidencial a un dirigente del Frente Amplio, José Mujica, ungido como presidente por voluntad ciudadana.
Es histórico porque, además de lo apuntado, llega al gobierno un político como Mujica que en los años sesenta descreía de la llamada despectivamente “democracia burguesa” como forma de alcanzar el poder y por ello, junto con otros ciudadanos tomó el camino de las armas.
Hoy mucha agua ha pasado bajo el puente, el mundo ha cambiado, Uruguay ha cambiado, ha cambiado Mujica y sus aliados en la aventura guerrillera y esa “democracia burguesa” es la que lo pone en el más alto pedestal que puede aspirar cualquier uruguayo.
Mujica llega al gobierno por méritos propios, a pesar de sus metidas de pata durante la campaña, pero que en última instancia le dieron una pátina de credibilidad, de ser una persona que también se equivoca, que no es infalible. Mujica es por lejos el político más popular del Uruguay de los últimos tiempos y por esa misma razón sabe que es necesario montarse en esa ola para llevar a cabo las reformas necesarias, que son más que las posibles, para poner a este país en otro sitial. ¿Será posible? Ese es el gran desafío que tiene por delante: navegar y remar contra un ser nacional que muchas veces es reacio a los cambios, que en el general es defensor del statu quo imperante.
Mujica sabe que va a tener poco tiempo para seguir seduciendo a la sociedad, que esos apoyos de hoy se pueden transformar en críticas en el mañana.
El mismo lo ha expresado cuando se le pregunta sobre este punto: “yo sé que este abrazo de hoy, este beso de hoy, es un compromiso y es un reclamo de mañana y ¡guay si no llego a cumplir!”
Consciente de ello, tiene presente que para poder seguir con la política social y recrear el estado de bienestar social que ha comenzado a implementar el gobierno de Vázquez es necesario crecer, y se crece con inversión, con empresas y empresarios que estén dispuestos a dar trabajo genuino.
Y este ha sido el objetivo del encuentro que ha mantenido en Punta del Este con empresarios e integrantes del cuerpo diplomático ávidos de conocer su propuesta de gobierno, pero también de ver de cerca a un hombre ya mítico, el duro guerrillero del asfalto y las cloacas que hoy es el presidente de un país como Uruguay.
“Si bien nuestro pequeño país no es una panacea, no estamos tocando el cielo con la mano, es un hermoso país para vivir, no sólo para invertir. Vale la pena vivir en el Uruguay. ¿Saben por qué? Porque un presidente, un futuro presidente, un ministro, camina por las calle tranquilamente, y eso es un lujo que se da este país. Ni que decir que no lo digo gratis, no sólo vengan a invertir. Vengan a vivir. Vale la pena vivir en el Uruguay. Es una de las mejores cosas que tenemos para ofrecerle al mundo”.
Ese fue el mensaje que transmitió, lleno de sentido común y vendiendo lo que hoy falta en el mundo: tranquilidad y seguridad, porque a pesar de los problemas que tenemos, este país sigue siendo una isla en América latina.
Pero a veces no alcanza con decirlo, hay que demostrar también que la convivencia es posible, por lo que no estuvo ajena a esa señal la invitación cursada a los principales líderes partidarios para que participaran en el encuentro, que sabían que, más allá de ir a escuchar lo que decía Mujica, entendían que era importante dar la “señal” de un país unido en lo sustancial.
En lo práctico Mujica hizo un llamado muy directo a los hombres de negocios para que inviertan en Uruguay y les aseguró reglas de juego claras y una carga tributaria razonable.
El tono del discurso de Mujica fue muy distinto al que, por ejemplo, uno puede estar acostumbrado a escuchar en un acto o en una de sus audiciones partidarias. Fue un tono firme, medido, cuidó mucho su lenguaje, sin perjuicio de lo cual tuvo, como era de esperar, sus momentos pintorescos. Y que la platea también esperaba. Por ejemplo, no se privó de hacer alguna referencia a Mandrake, algo que maneja habitualmente cuando quiere decir que no se pueden lograr soluciones mágicas. Y también bromeó con que las afirmaciones que estaba realizando no eran originales ya que las dicen muchas veces los economistas. Sin embargo, agregó, en este caso eran importantes porque las decía él, que es “una especie de gato montés vegetariano”.
En síntesis, el mensaje que transmitió fue el que esos hombres de negocios y esos diplomáticos querían escuchar, ni más ni menos. Es que Mujica, salvando las distancias y el tiempo, es el Perón de nuestra época.


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