
Ella contestó: "siendo niña, tuvimos un tirano muy cruel. Rogué a los dioses que se lo llevasen… y me oyeron. Pero después vino otro peor, y también rogué por su muerte. Ahora has llegado tú, que no eres mejor que ellos. Escarmentada, pido para que los dioses te den una larga vida".
Este es el origen o la explicación del refrán “Otro vendrá que bueno me hará”.
Este refrán bien se puede aplicar a la campaña electoral, a la actual, para el 29 de noviembre, porque por lo visto y oído, podemos concluir que vamos a extrañar a la anterior, para la primera vuelta.
En este segundo capítulo, José Mujica acusó de golpistas a los blancos y Danilo Astori de que no tenían autoridad moral para levantar las banderas artiguistas. A partir de ahí, la discusión llegó a nivel de zócalo, y la frutilla de la torta fue la irrupción en los medios del interior de un spot publicitario vinculando a Mujica con el arsenal del contador Saúl Feldman Szerman, encontrado en Aires Puros.
Es que la fórmula Lacalle-Larrañaga se dejó llevar por el camino que marcó el ex presidente Jorge Batlle, de conminar a Mujica a que dijera que no tenía nada que ver con esas armas.
Batlle también se preguntó si Julio Marenales, otro Tupamaro de la vieja guardia, como Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro, no estaba vinculado con ese armamento.
Los dichos de Batlle provocaron un gran revuelo y un hecho político en medio de una campaña que, justamente, no lo tenía como actor principal.
Sus palabras acusadoras se vieron reforzadas, además, por la tesis del investigador y politólogo Adolfo Garcé, quien encontró plausible que ese arsenal fuera un remanente de, por lo menos un sector de los Tupamaros, al recordar que muchos de estos, principalmente los acaudillados por Jorge Zabalza, mantuvieron un horizonte insurreccional hasta por lo menos el año 1994.
A comienzos de 1985 Raúl Sendic, el líder histórico de los Tupamaros, sostuvo que estos debían deponer las armas, insertarse en la legalidad “sin cartas en la manga”, y trabajar por la profundización de la democracia. A partir de allí, según Garcé, los Tupamaros se dividieron en dos grandes corrientes: “frentegrandista” y “proletarios”. La primera respondía a Sendic y proponía alianzas amplias, más que el propio Frente Amplio. La corriente de los proletarios, en cambio, preveía un fuerte ascenso en la lucha de clases que sería inexorablemente seguido por un endurecimiento de la represión contra el movimiento popular. El proceso desembocaría en un nuevo golpe de estado. Al MLN le tocaba convertirlo, esta vez, en insurrección popular triunfante. Los proletarios tenían predicamento en el Frente Sindical y en los barrios de la periferia norte y oeste de Montevideo. Marenales, Andrés Cultelli, Zabalza e Irma Leites lideraban esta corriente. Salvo Marenales que sigue en el MLN y Cultelli que falleció, Zabalza y Leites abandonaron la organización.
Pero, la mayoría de los dirigentes históricos, como Mujica, Fernández Huidobro y Eduardo Bonomi parecían sentirse lejos de ambas posiciones y han sido justamente estos dirigentes los que han conducido a la absoluta legalidad al MLN, sin mucha ayuda, es cierto, de blancos y colorados y aun de algún sector del Frente Amplio. Si hay algo que la historia les debe reconocer a estos tres dirigentes, más allá de sus errores, que los tuvieron y muchos, e incluso su falta de autocrítica, es que lograron moderar el discurso y el accionar de los Tupamaros y los insertaron en la legalidad constitucional. Si ellos no hubieran triunfado en la interna tupamara, tan secreta y oscura, el país hoy sería otro sin duda.
Pero esto no parece haberlo entendido Batlle, que considera pertinente que hay que seguir cobrando cuentas del pasado a sus viejos enemigos.
Lacalle y Larrañaga se dejaron llevar por ese discurso y lanzaron una furibunda campaña, tratando de unir a Feldman con los Tupamaros y más que eso, con Mujica candidato. El terreno usado fue el de la opinión pública con los spot televisivos y unas declaraciones de Lacalle al diario argentino Clarín y en el legislativo con una interpelación a los ministros de Defensa, Gonzalo Fernández y del interior, Jorge Bruni, que llevó adelante el legislador herrerista Gustavo Borsari.
Pero el contenido de los spot publicitarios fue rechazado por muchos dirigentes nacionalistas, como Alberto Volonté o Juan Raúl Ferreira e incluso por uno de los principales operadores de Jorge Larrañaga, el senador y ex intendente de Tacuarembó Eber da Rosa.
Las interrogantes de Batlle quedaron en la nada porque cuando fue convocado por el juez cargo de la causa Feldman, el doctor Jorge Díaz, no pudo aportar pruebas para responder a sus inquietantes preguntas, reconociendo que se trataba de manifestaciones políticas.
Y la interpelación dejó al desnudo la falta de datos concretos como para acusar con seriedad a Mujica de estar vinculado a Feldman y su arsenal, más allá de demostrar que el operativo policial fue desastroso.
Con este panorama, la campaña de Lacalle ingresó en un terreno fangoso, enredándose en sus propios yerros y perdiendo de vista lo fundamental, que es ganar voluntades, incluso dentro de aquellos de quienes votaron al Frente Amplio en la primera vuelta, pero que no quieren a Mujica como presidente.
Quizás algo de esto ya lo advirtió Lacalle, quien le comentó, el jueves pasado, a un grupo de allegados que la estrategia llevada adelante había sido errada y que había que cambiarla. Es casi seguro, además, que para refirmar sus palabras el líder blanco tendría sobre la mesa de su despacho alguna de las dos encuestas conocidas en las últimas horas, la de Factum y la de Cifra que le otorgan 9 puntos de ventaja a la fórmula Mujica- Astori.
Factum, además, registró una caída de dos puntos para los blancos mientras que Luis Eduardo González, el director de Cifra aseguró que "si no pasa nada raro, el Frente Amplio ganará el balotaje con un porcentaje similar al obtenido en 2004”.
Hoy Lacalle se quiere despegar del caso Feldman y recentrar la campaña, por ejemplo llamando al debate entre fórmulas tal como lo había propuesto Mujica y que inexplicablemente fuera rechazado en primera instancia por el líder herrerista y luego aceptado cuando visualizaba que no había cambios en el tablero.
Esa debió haber sido desde un principio la estrategia de Lacalle: reclamar la confrontación de ideas, de propuestas y no caer en las provocaciones y el “remake” de viejas historias que tienen cada vez menos rédito político.
Pero ahora ya es tarde, la cancha está sucia y unos y otros se acusan de haberla manchado y esto sirvió de explicación para que el Frente Amplio no acepte el debate.
Quizás estamos a tiempo de ver una campaña más positiva: la llamada de Larrañaga a Mujica y la conversación que ambos sostuvieron, supone una pausa en el enfrentamiento político que lo único que hace es volar puentes y dejar poco margen para negociar acuerdos nacionales el día después de las elecciones.
(*) Periodista, co-conductor de Código País Teledoce