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El presidente de Uruguay, José Mujica, fue increpado durante su visita a la Expo Prado por un ex tupamaro que estuvo preso durante la dictadura en el Penal de Libertad, aunque no compartió la cárcel con el presidente.
Antonio Ladra | 19/09/2011

“Pepe, mirame”, pidió y lanzó contra el mandatario uruguayo: “Vos, la Tronca (Lucía Topolansky) y el Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro) nos entregaron en la cárcel y ahora entregás a un pueblo a las multinacionales. Sí, estás entregando a un pueblo y a la sangre de nuestros compañeros”, agregó.
Tras los reproches, Mujica fue rodeado por asistentes de seguridad, ingresó en su vehículo y se retiró rápidamente de la Rural del Prado, sede de la exposición.
El hombre que le pidió explicaciones a Mujica es Sergio Lamanna, quien señaló luego a la prensa que “no hay un solo diputado ni un solo senador del Movimiento de Participación Popular que no haya sido entregado por esta camarilla”.
Hoy Lamanna forma parte de la organización ultraizquierdista Asamblea Popular, cuyo tronco principal es el Movimiento 26 de Marzo, en su momento el brazo político y legal de los tupamaros, que en las últimas elecciones presentó listas a la presidencia y al Parlamento y también en las elecciones municipales, pero no obtuvo apoyo de la ciudadanía, a tal punto que en todo el país no consiguió un solo representante.
El 26 de Marzo resolvió primero, aun en dictadura, romper con los tupamaros y luego, ya en democracia, abandonar el Frente Amplio y unirse en lo que se conoce como Asamblea Popular.
Lamanna incluso abundó en sus declaraciones al señalar que Topolansky, esposa de Mujica, había delatado al actual presidente de la República, quien de esta manera fue apresado por los militares.
Así, el hombre, ex compañero de Mujica, consiguió concretar aquella máxima de Andy Warhol: “Todo el mundo debería tener derecho a 15 minutos de gloria”. El los tuvo, por cierto.
El episodio, tiene varias lecturas, que obviamente no se agotan en las que este periodista puede abordar.
Por un lado, desde hace un tiempo está instalada en varios ámbitos políticos la hipótesis de que en los años de plomo hubo una cercanía ideológica entre tupamaros y militares que se expresaba en el rechazo a la institucionalidad y al sistema político.
Esta hipótesis pareció confirmarse con la reciente aparición de un libro, “Milicos y Tupas”, del periodista Leonardo Haberkorn.
En el trabajo, realizado en base a los testimonios de los tupamaros arrepentidos, el contador Carlos Koncke y el profesor de historia Armando Miraldi, y militares de la época, como el coronel Luis Agosto, además de innumerables fuentes de ambos bandos se concluye que unos y otros participaron juntos en acciones para, juntos, atacar a los “delincuentes de cuello blanco”, responsables del descaecimiento del país.
El libro de Haberkorn acusa —a través del testimonio de sus informantes— a los tupamaros de haber actuado en la tortura —de gritar y clamar por sus vidas, de fingir tormentos atroces— para que los “delincuentes de cuello blanco”, confesaran antes de empezar a ser torturados.
Según el testimonio del coronel retirado Luis Agosto, quien en su vida civil ha apoyado al Partido Nacional, "los tupas se prestaban para estar en celdas cercanas y gritar en esos momentos. Desde la pieza de al lado a la que usábamos para interrogar a los ilícitos, los tupas gritaban: “No, no me mates, no me mates”, y los tipos se asustaban y declaraban sin que les hiciéramos nada. Los tupas gritaban y los tipos se cagaban y pedían para confesar".
El grito de Lamanna en la Expo Prado parece obedecer a esas viejas cuentas que estos “guerreros” tienen para cobrar entre ellos y de las que quedan afuera los ciudadanos comunes y corrientes.
Lo preocupante es si esas cuentas se trasladan a la tarea de ejercer el gobierno y si contaminan las acciones gubernativas del presidente en primer lugar y de sus seguidores.
Lo preocupante es que se hable o se intente “no trasladar a las generaciones que vienen las frustraciones de la nuestra” (discurso de Mujica en ocasión de la Batalla de la Piedras), pero que esas frustraciones surjan de maneras inesperadas.
El otro aspecto, que no es menor, es el relativo a la institución presidencial. En este episodio, más allá de los personajes intervinientes, lo que queda dañado, sin duda, es la institución presidencial. No es que nos vayamos a poner en exceso “institucionalistas”, pero la Presidencia es un valor a preservar, a cuidar. El que ocupa ese lugar es quien fue votado por una mayoría de ciudadanos, y todos le deben respeto.
El problema es que ha habido un descaecimiento de la institución presidencial, responsabilidad en parte del propio Mujica, que le quiere quitar pompa a la misma, lo que está bien, pero no al punto de que nada importa.
En oportunidad de la presidencia de Jorge Batlle, el 3 junio del año 2002, el presidente fue insultado y salivado por un grupo de manifestantes a la salida de un liceo en la Unión. Ese hecho marcó fuertemente a Batlle, porque además ese mismo día se conocieron declaraciones suyas durante una entrevista, asegurando que "los argentinos son una manga de ladrones". Esos episodios dejaron una huella en la gestión de Batlle, y más que eso, en la propia institución presidencial.
Las cosas parece que volvieron a su cauce Tabaré Vázquez ejerció la presidencia, con una demarcación de límites muy concreta.
Ahora, con Mujica, esos límites se han vuelto laxos lo que da lugar a desbordes, y entonces cuando se le pierde respeto a la institución presidencial hay un problema.

Domingo

“A los tirones como perro con vaca muerta”. Esa era la respuesta más usual de Domingo Malladote cuando se le preguntaba como andaba.
El maestro Malladote ya dejó de tirar; se fue la semana pasada. El lunes de mañana recibí una llamada de Carlos Román quien me dio la noticia. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de Domingo; en realidad será porque hace bastante que no voy por Durazno con tiempo como para conversar.
Conocí a Domingo Malladote en el año 1996, en plena campaña electoral por la reforma constitucional, cuando en una gira por el departamento de Colonia, en mi calidad de periodista político seguía al senador Rafael Michelini.
Malladote integraba la comitiva de Michelini y en esas horas muertas que toda gira tiene, comenzamos a conversar. Me dijo que era de Durazno, que era maestro de profesión, que en un momento había dejado la docencia, que se dedicaba a una actividad financiera y que estaba ayudando en una publicación que salía tres veces por semana.
Me preguntó si me interesaría dar una mano para mejorarla y sin más me vi un día en Durazno y allí conocí a su familia, a Román a su familia y a “El Acontecer”.
Así me involucre en el proyecto de transformar a “El Acontecer” en lo que es hoy, una publicación periódica, de lunes a sábado.
La presentación del diario se hizo en un club y para llegar en hora trabajamos a destajo, con un cierre tardío, como corresponde a las primeras ediciones de cualquier diario. Y allí estaba Malladote, corrigiendo textos, preguntando, opinando.
Esa noche me quedé en su casa, una casa donde generosamente recibía a sus amigos, y donde se hacían buenos asados. Y allí Malladote se mostraba a sus anchas, exuberante, contador de historias y anécdotas, que las mechaba con expresiones sacadas de su trajinar por el interior del departamento.
Un día Malladote y Marta, su esposa, decidieron viajar y dijo que lo hizo porque yo le había inoculado la curiosidad de conocer otros países y así se fue por Europa y al regreso los cuentos no acababan nunca.
Me trajo de regalo un llavero de metal con la torre Eiffel: “mirá que fue comprado allí, en Parés, ¡eh!”, me decía. “Sí Domingo, los venden por todos lados”, le contestaba yo, pero me repetía: “no, no, mirá que fue comprado allí, donde está la torre, a lado”.
Y bueno Domingo, todavía lo tengo, se me rompió la cadena y está bien que así haya pasado, las cadenas después de un tiempo hay que romperlas, pero la torre Eiffel la tengo, así que quedáte tranquilo Mingo, que ese llavero era de los buenos.
Nunca te lo pude decir y ahora que te fuiste menos, pero quien sabe, capaz que por ahí nos encontramos y hacemos otro diario, eso sí, con un buen asado, y de paso te cuento del llavero de la torre Eiffel.
A.L.

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