
Mas allá de los valores artísticos de la animación, lo que encierra la misma es el sentimiento que ha embargado a los uruguayos tras el desempeño de la selección uruguaya en el mundial de Sudáfrica, a dónde, al decir del director técnico, Oscar Washington Tabárez, “estamos en un fiesta a la que no estábamos invitados”.
Pero separemos por un lado los resultados deportivos de las consecuencias de ese resultado deportivo.
Por un lado, sobre el desempeño de la celeste, nadie o muy pocos pensábamos que podía llegar a estar entre los mejores cuatro del mundo (hoy, esta tarde, se podrá saber incluso si Uruguay puede ser tercero). Por lo tanto, en ese plano lo hecho por la selección ha sido admirable, sobre todo si se tiene en cuenta lo que es el fútbol uruguayo, lleno de problemas, con divisiones y con escasos recursos.
¿Por qué Uruguay llegó a dónde llegó? Las respuestas pueden ser varias, pero entre otras se debe a un proceso, llevado adelante por Tabárez donde administró los escasos recursos que tenía para sacarle el máximo jugo posible. Pero también a un grupo de jugadores, donde descolla Diego Forlán, quizás el único de los seleccionados que juega y brilla en una liga competitiva, como lo es la española. El resto de los seleccionados, salvo Egidio Arévalo Ríos, que jugó en el campeonato local en Peñarol, provienen de ligas más profesionalizadas, con mayores recursos y más competitivas que la nuestra.
Este grupo de jugadores sintió la responsabilidad de vestir la casaquilla celeste y estuvo a la altura de las circunstancias con hechos y no con palabras. Es decir, aquí hubo realmente un grupo, un equipo que actuó como tal y no como nos tenían acostumbrados anteriores selecciones, que se llenaban la boca hablando del grupo, cuando en realidad se hablaba de otro “grupo”, que era al que realmente respondían.
Así, actuando como un equipo, teniendo en claro que iban a jugar un campeonato de futbol, que no iban a la guerra, es que Uruguay fue sorteando los escollos que se le antepusieron, uno a uno, a tal punto que fue el único seleccionado que por dos veces tuvo que jugar de visitante y salió airoso en ambas oportunidades. La primera, ante los locales, organizadores del evento, el seleccionado de Sudáfrica y luego, en el partido más emocionante de los vividos hasta ahora en muchos mundiales, ante el último representante de África en carrera, el seleccionado de Ghana.
Pero más allá de lo deportivo, el desempeño celeste ha traído un nuevo aire en el país. Una ola de optimismo, de que es posible, ha insuflado los grises corazones de los uruguayos. Esto por supuesto no lo trae solo un resultado deportivo, es parte de un momento sociopolítico que se está viviendo el país donde no está ajeno esa especie de brujo de la tribu que es el presidente José Mujica.
Hay un nuevo aire en materia económica con resultados consistentes en los números, aunque persiste, claro, la pobreza más extrema y dura.
Hay un nuevo aire en la política nacional con un inédito y quizás inesperado relacionamiento entre el gobierno y la oposición.
Hay un nuevo aire en la relación con Argentina, tras años de desencuentros por el bloqueo del puente Fray Bentos- Puerto Unzué.
Por estos días y gracias a la selección, Uruguay ha estado en boca de muchos en el mundo entero. El The New York Times escribió un editorial alabando la figura de Forlán, comentaristas argentinos, ajenos al deporte y generalmente opositores al matrimonio K, trazaron un paralelismo entre el comportamiento de su seleccionado y el de Uruguay, y encontraron la explicación en la seriedad de un país (Uruguay) en contraste con el cambalache y ola corrupción de otro (Argentina).
Se recuerda la gesta de Maracaná, se habla de Uruguay como un milagro que un país de tan solo 3 millones de habitantes, envejecido, logre sacar un grupo de deportistas que asombra.
Todos estos comentarios no han hecho más que aflorar la autoestima nacional, tan venida a menos porque el fútbol, esta suerte de religión nacional en un país pretendidamente laico ha ido más allá de los héroes del bronce y ha sido el constructor de parte de nuestra identidad.
Los triunfos logrados hace tantos años forjaron una especie de país invencible, que en los hechos se fue despedazando. Fíjense que lo último que Uruguay obtuvo en el plano deportivo y mas que en ello en el fútbol fue un “deshonroso” cuarto puesto en México que en su momento no fue acreditado, porque motivados por ese ridículo complejo de superioridad, se estimaba que los uruguayos sólo deben festejar triunfos.
Generaciones y generaciones de uruguayos se criaron bajo esa premisa, incluso a esa generación padres y abuelos de la actual le fue vedado disfrutar de aquel estar entre los cuatro mejores del mundo, y para mas inri, ese complejo se derramó a todos las actividades. Los uruguayos no festejamos sino son triunfos, pero ahora, ¿qué ha pasado? Quizás ha cambiado la sensibilidad, nos hemos dado cuenta de lo importante que ha sido el pasado, pero también que hay que vivir el presente y construir un futuro en un intento de refundación de la sociedad toda. No es poco, pero todos sabemos que falta mucho.
Mientras tanto, en medio de tanta miel de triunfos, hay hechos que nos bajan violentamente a tierra.
En medio de la parafernalia del mundial y de los inventos mediáticos para mantener la ilusión y la atención de la gente, un incendio, como consecuencia de un cortocircuito, se desató en la cárcel de Rocha, dejando como saldo 12 jóvenes muertos y ocho heridos. Este es uno de los establecimientos penitenciarios más hacinados del país, según el comisionado carcelario, Álvaro Garcé, cuenta con 70 plazas y aloja a 174 reclusos.
El episodio, ocurrido en la madrugada del jueves pasado no ha dado tantos ríos de tinta y/o bytes como el Pulpo Paúl, pero dejó al desnudo una vez más el drama que vive Uruguay en sus cárceles superpobladas de jóvenes en edad de aportar a la sociedad y que siguieron el camino del delito.
Es la punta del iceberg, de un grave problema. Lo sucedido en Rocha se trata del peor suceso ocurrido en las cárceles uruguayas en su historia.
Y más allá del hecho en sí desvela un costado poco amable de la sociedad uruguaya que se regodea por los muertos. Para muestra el comentario de un lector en la página web de El País: “2 homicidas menos, 6 rapiñeros menos, 2 vendedores de drogas menos. Hay que buscar más cortocircuitos de esos!!”.
Está claro que vivimos en una sociedad que se siente acosada por la inseguridad, por los robos y esto le genera anticuerpos, pero no debería ser éste el comportamiento social de una comunidad que ha hecho gala en el pasado de la solidaridad y el humanismo y que hoy se llena la boca con la solidaridad de la selección, de su goleador, Luis Suárez que prefirió ser expulsado en aras del equipo.
La cárcel de Rocha, las cárceles uruguayas son parte también del Uruguay, como lo es la selección y aquí también se juega el destino de un país, quizás más que detrás de la Jabulani.