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EL FIN DE LOS ESPACIOS MAGICOS DONDE SE ES CAMPEON DEL MUNDO A CADA RATO
Agustín toma la pelota entre sus manos y va para la canchita. Tiene puesta la camiseta siempre vieja y siempre rota de la selección con el número 10 en la espalda. Casi tan vieja como la camiseta es la pelota, pero poco importa. En la canchita lo esperan los amigos, aquellos que como él recién festejaron sus 12 años. Es el escaso tiempo libre que dejó la escuela después de las 5 de la tarde y antes de que el sol se despida. Es apenas media hora, pero es el tiempo que el fútbol pide antes del baño, los deberes, la pobreza extrema y un poco de sueño.
Dino Capelli | 07/06/2008
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A la espera del picadito

Por ahora disfrutan, por ahora no toman conciencia de que aquel espacio supremo que desde siempre los botijas del barrio le robaron al campo, ahora ya no será de ellos.
Se construirá en breve un nuevo complejo de viviendas de Mevir y así la alegría de los grandes, de los mayores, por las nuevas casas, será la tristeza de los pequeños grandes genios, aquellos iluminados del fútbol que sueñan cada noche con la celeste, con Peñarol, con Nacional.
Es, casi, casi, el fin de la canchita. Una más que quedará por el camino.

En Argentina se los conoce desde antes por potreros. En nuestro país son las canchitas. Nacidas al costado de los pueblos y ciudades del interior, allí donde el campo siempre permite la colocación de arcos, la delimitación de ciertas líneas, el rodar de una pelota. No hay demarcación perimetral. Los partidos siempre son "hasta la piedra" o "desde aquel sauce hasta el otro", o "hasta que la pelota se vaya pa la cañada". Los partidos son a diez, y cuando se llega nueve a nueve se hacen a once "a morir". También los hay aquellos que terminan cuando la luz natural se despidió, y cuando alguna patada a destiempo amaga un lío. O cuando el dueño de la pelota es llamado a merendar. Siempre hay formas de arbitraje no escritas que permiten que no todos los fouls sean discusiones. Cada uno cobra según su parecer, e increíblemente siempre se respeta la decisión.
Cuando no hay palos ni travesaños, y la pelota pasa por el aire, surge aquella frase "pasó por arriba del palo" aunque no exista tal palo, y el parante sea una piedra de regulares dimensiones. Muchas veces el golero la saca "de la línea", tan imaginaria como el Ecuador o Greenwich.
Y ahora esos baldíos se están perdiendo.
El principal factor es el crecimiento desordenado de las ciudades, la llegada de más y más pobladores desde el campo a los cinturones de las ciudades. Aumenta la población, aumenta la necesidad de viviendas, y se crece hacia las afueras en forma horizontal, no vertical. Esto implica que se le ganen espacios a la tierra hecha campos donados por sus propietarios para el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural, o terrenos baldíos propiedad de las intendencias… y aquellos campos que parecían que no tenían dueño -y que de hecho no los tuvieron durante 40 años- resulta que ahora tienen propietario.

Desde USA por fútbol

El fútbol de las canchitas siempre es una pasión. Y así lo entendieron cuatro jóvenes norteamericanos que producen un documental sobre fútbol, Gwendolyn Oxenham, Rebekah Fergusson, Lucke Boguen y Ryan White.
Los cuatro llegaron al país durante el año 2007 en pro de "The Soccer Project, a documentary film in progress", y entendieron que el verdadero fútbol estaba en el interior del interior, allí donde aún quedan algunas canchitas.
"Decidimos alquilar un coche. Como Cuba, Uruguay está lleno de viejos clásicos. Nos imaginamos conduciendo por el campo en un Ford de los años 1960 pero nos vamos de la casa de alquiler con un auto brillante europeo. Salimos para el interior de Uruguay y no tenemos ni idea donde vamos. Ruta 5, la Ruta 7, y la Ruta 31 y podemos ir en todas partes. Encabezamos al norte, vacas y más vacas. Cuando hay ciudades, conducimos por ellas a lo largo de la plaza bordeada de árboles, por delante de la iglesia y la escuela. Cada pocas millas hay un campo, un caballo a menudo enmarcado por los postes de la portería, el pasto de vacas cerca lo que sería una línea de banda si hubiera cualquier línea de banda. Jugamos con quince niños y un grupo de iglesia y seguimos moviéndonos. Queremos jugar con los gauchos ...las leyendas".
En inglés lo escribieron en un blog, pero se entiende que hablan de los gauchos jugando fútbol..
"Nuestra guía turística nos dice que ellos llevan sombreros o boinas y pantalones holgados metidos en altas botas. Nuestros amigos de familia uruguaya nos dicen que ellos solían vagar por el campo, hasta que el gobierno les puso vallas. Con los alambrados vino el final de un cierto tipo de gaucho y no estamos seguros lo que encontraremos. Conducimos por delante de una escuela agrícola donde hay dos puñados de tipos que llevan "veinte y algo de años", boinas y están sentados sobre bancos.
Caemos y Ferg pregunta, ¿Juegan fútbol?.
Ellos nos dan una especie de resoplido e indican el campo. Claro, ellos dicen. Jugamos en un juego que implica mucho lanzamiento de boina y tipos que mastican las puntas de cigarrillos de cáscara de grano. Esto es el fútbol poderoso, cuando el suspenso de trucos, ellos son todavía capaces de impulsar la pelota por el lío. El juego se termina y volvemos a nuestro cuarto".

Otros casos

En Durazno ciudad, por ejemplo, hay dos casos de campos que fueron cancha y que hoy no lo son. Que ya no lo son.
El viejo campito de Caorsi ya dejó de ser decenas de canchitas para transformarse en un pasaje de gente, en caños de saneamiento y desague, en un country, en viviendas.
Ello ha ameritado que los memoriosos y siempre nostalgiosos hayan escrito ríos de tinta al respecto en los diarios locales. Y que los niños hoy busquen otros terrenos para jugar. Y que las moñas y rabonas y chilenas y goles no se festejen más por allí, sino por allá.
También en la capital del Yí está el caso de la vieja cancha de Juvenil.
Cercada por un terraplén, con pasto verde bien verde, con los arcos casi tocando los muros que la cercaban. Allí jugaban siempre los gurises del barrio, y los partidos de las divisionales menores y de las mayores.
Durante la semana cuentan que cuentan que los caballos hacían su tarea de ralear y las ovejas colaboraban en mantener la hierba corta. Hasta que llegó diciembre de 1969 cuando se jugó el último partido. Fue un domingo. El lunes ya la empresa Bidegain inició la construcción de 32 viviendas, hoy edificio, antes parte del Plan Nacional de Viviendas.
Así Durazno tuvo una cancha menos, reza el testimonio de una vieja foto que circula por la ciudad, de mano en mano y de publicación en publicación.

Siempre menos cancha

Los espacios para jugar al fútbol son cada vez menos, y se reducen en muchos casos a lo que puedan mantener algunas personas en sus propios terrenos. En el Parque Tomás Berreta de la ciudad de Sarandí Grande un club deportivo pensó que ya no quedaban espacios para jugar, y pidió permiso al Ministerio de Ganadería y a la Intendencia para hacer una canchita. La hicieron, y allí juegan los más chicos.
Pero al mismo tiempo que esto se lograba, se perdía la canchita del Abasto -rodeada de montes-, la canchita del barrio Nuevo París en detrimento de muchas viviendas del Banco Hipotecario, la canchita del Sagra -donde hoy es Mevir con sus planes 1 y 2.
Entonces los documentalistas norteamericanos tienen que encontrar a los uruguayos jugando fútbol. Y lo deben hacer en una esquila, en un pedazo de campo cualquiera.
"La mañana siguiente encontramos a los vaqueros a las 7 horas. Ellos llevan suéteres de lana de cuello de v, boinas, y algo que se parece a pantalones de béisbol pasados de moda metidos en botas marrones. Mas tarde ellos empujan un viejo camión de trabajo Mercedes. Veinte kilómetros hacia fuera, bajamos un camino privado en una granja. Todos los tipos detrás del camión se ríen. Es la esquila. En la extensión de hierba delante del granero, jugamos 5 contra 5, cada equipo de vez en cuando pierde a un hombre cuando alguien tiene que sentarse y recoger las espinas de sus pies. Nuestro portero es un gaucho verdadero "de cincuenta y algo". Él lleva un sombrero, una camisa desabotonada de franela -el vientre grande hacia fuera- y pantalones. Él se parece a la leyenda…"
Un inspector de Primaria, Cono Fleitas, larga una frase que es bien cierta. "El fútbol no es pasión en algunas ciudades". Sabe que el niño y el joven precisan que los adultos les propongan actividades. Y espacios para practicarlas. Sabe que en aquellos lugares donde se perdieron las canchitas, no nacieron nuevas. Y por eso piensa en crearlas.
El fin de las canchitas ha marcado el fin de los partidos hasta la caída del sol. Los picados en los cuales se entreveraban los grandes con los chicos. Los mismos partidos a veces jugados descalzos, a veces de championes, a veces con pelota desinflada.
Entonces frente a la falta de canchas aparecen el ciber café, el centro, la cerveza, la desidia, la escasez de jugadores para los cuadros de baby fútbol. Y algo más.

 Publicado por El Acontecer Diario


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