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Ay, estas horas de pedaleo. ¿Qué sentido tendrán? Pa´ delante, siempre pa´ delante. Preguntarse no está mal, me digo en voz alta, pero hay que seguir andando. Pucha, otra vez viento en contra; mejor paro, me tomo un mate y leo una dosis de Nietzsche para distraerme del frío en la ruta.
| 01/08/2016
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"Eucaliptos al atardecer", por Inga Aksamit

Por Ernesto Alves Temperán


Salí una mañana a pedalear como hace tiempo no salía: solo. El frío estaba cantado, pero el abrigo parecía suficiente y unas tostadas con dulce de membrillo animarían el camino. El viento soplaba de frente, como si quisiera llevarme de vuelta a Virasoro, mi punto de partida en la provincia de Corrientes.
Insistí y me asombré ante los enormes campos de yerba mate, ese árbol que tanto tomé pero nunca antes había visto. Los senderos entre las plantaciones eran tan perfectos que me hicieron pensar en ciertos jardines laberínticos.
Seguí andando, seguía frío. Maldecí el invierno y entonces –como si existiera aquel dios vengativo con el que nos amenazan los que le temen a la vida– se largó a llover. Me apuré a ponerme el poncho de nailon y el pantalón impermeable, mientras la lluvia arreciaba. Los lentes se me empaparon pero esta vez no pensé en inventarles un pequeño limpiaparabrisas, estaba más preocupado en encontrar el refugio que no iba a aparecer.
Cuando a los quince minutos escampó yo tenía los pies empapados y los camiones me salpicaban pasando a un metro de distancia. Ese mediodía tuve que envolverme los pies con dos remeras y pedalear en sandalias, porque aquellas eran las únicas medias largas y aquellos los únicos championes que traía conmigo. Es verdad que ando un poquito desprevenido para la estación, pero yo no recordaba la fiereza del invierno tras tanto tiempo sin tiritar.
Más allá y más allá, cuando estoy solo siempre quiero ir un poco más allá. Me preguntaba cuál será la zanahoria que persigo, ahora que vuelvo y el futuro es un gran espacio vacío. Entonces me dije: capaz que si canto me distraigo. Primero se me ocurrió “Si te vas” de Zitarrosa, después aquella de Charly que buscaba un símbolo de paz y para terminar “El amor después del amor”, de Fito Páez. No sé si en verdad me distraje.
Llegaba a destino, como ahora me acerco al punto final, pero quise seguir otro poco más allá. Parado ante el atardecer, abrí aquel libro anaranjado y Nietzsche dijo:
“Como dos navíos con rumbos y destinos propios, podemos sin duda cruzarnos y celebrar juntos una fiesta al igual que hacíamos antes. Así, esos buenos navíos descansaban el uno junto al otro en el mismo puerto, bajo el mismo sol, tan serenos corno si hubiesen llegado a la meta, a un mismo destino. Pero luego la llamada irresistible de nuestra misión nos impulsó de nuevo a alejarnos el uno del otro, cada uno por mares diferentes, hacia tierras y bajo soles distintos, quizás para no volvernos a ver nunca, quizás también para volver a vernos una vez más, pero sin reconocernos; ¡los mares y los soles distintos nos deben de haber cambiado!”.1
Un viento repentino me despejó el rostro. Me vi solo en medio de la nada y pensé en tanta gente querida que volveré a encontrar dentro de poco: ¿cuánto se habrán alejado, o acercado, nuestros caminos?
El sol se ocultaba tras unos eucaliptos y las primeras estrellas aparecían entre las nubes. Cerré los ojos y respiré hondo, di el primer paso y con mis miedos a cuestas crucé el puente.

 Publicado por El Acontecer Diario


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