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Ahí pasó junio. Trajo frío para el sur y calor para el norte, y en estos rincones del Brasil la fiesta llenó las calles, bailó los cuerpos y estiró las noches.
| 05/07/2016
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Por Ernesto Alves Temperán


É São João no Maranhão. Es junio: tiempo que se quema en las fogatas y vuelve a arder en la memoria frágil de la cachaça. En São Luis do Maranhão las fiestas juninas unen ritual con espectáculo, trayendo danzas y cantos para alabar a los santos –São João, Santo Antonio y São Marçal– y presentando un folclore mestizo protagonizado por un buey.
¿Un buey? Sí, estoy hablando del Bumba-meu-boi, una expresión folclórica afín a la murga y el candombe, como para decir algo, pero que en realidad resulta difícil de encasillar.
Se trata de una tradición popular que nació en el nordeste de Brasil, pero se ha extendido por todo el país y asume nombres diferentes en cada región. Pero el Bumba-meu-boi del estado del Maranhão es especial y ha sido reconocido como patrimonio cultural del Brasil.
Cuando nos vamos acercando al ‘arraial’ –el tablado donde los grupos tocarán, bailarán y cantarán la historia del buey– hay fogatas en varias esquinas. Un grupo de hombres jóvenes calienta pandeiros enormes al calor del fuego y la cachaça. Las calles adoquinadas del centro de São Luis, con banderines de colores colgados entre los balcones coloniales, le dan una vieja magia al entorno.
Entre los puestos de comida típica –naranja de camarones, amarillo de farinha, blanco de mazamorra o ‘mingau de milho’– anda gente de todos los colores. Hay unos pocos turistas rubios, mujeres y hombres homosexuales de-la-mano-a-los-besos-y-qué-me-importa, gente con rulos, rizos, motas y todo ese encanto del pelo de los negros, hay también en las calles viejos y niños bailando y seres cual zombies destrozados por la pasta base, yendo y viniendo por la calle, yendo y viniendo.
Entre ellos llegan los cuerpos del Bumba-meu-boi. Vienen a presentar su danza dramática, encarnando personajes de indígenas, esclavos negros, vaqueros criollos, de terratenientes gringos y un buey mimado. La historia, que todos conocen, gira entorno de aquel buey.
Cuenta la leyenda que Mãe Catirina, una negra esclavizada, estaba embarazada. Un día tuvo un antojo: quería comer lengua de buey. Pero no de cualquier buey, ella quería comer la lengua del animal preferido de su Amo, el señor de la hacienda. Entonces Catirina pidió a su esposo –el también esclavo Pãe Francisco– que carneara al buey mimado y le trajera la lengua.
Pãe Francisco no supo qué hacer al principio, pero a la noche se decidió y mató al animal. Corrieron enseguida a esconderse los dos esclavos en el monte. Algunos cuentan que ella comió la lengua pero otros dicen que no tuvo tiempo, porque enseguida llegaron los capangas de la hacienda para apresarlos. Cuando el Amo vio a su buey muerto, enfureció y obligó a Francisco y Catirina a resucitar al animal. Si en unas pocas horas el animal seguía muerto, la pareja de esclavos sufriría tormentos que prometían ser atroces.
¿Qué podían hacer? La pareja de esclavos no lo dudó y corrió a la aldea de los indios, para pedir al paxé –o chamán– que trajera al buey de vuelta al mundo de los vivos. Humos, ungûentos, magias y medicinas, el paxé se inclina frente al buey caído. Cierra los ojos y habla bajito. De repente, el buey muge.
Enseguida abre los ojos y mira al paxé, mira al Amo, a Francisco y Catirina, vuelve a mugir y ve al resto de los indios que bailan en círculos, mira al público que fue al arraial, gira para cornear al que toca el bombo y vuelve persiguiendo al cantante, para y entonces ese buey –bordado con lujo de detalles y movido por una persona que se esconda bajo sedas largas– se fija en vos que ahora estás leyendo. Cada junio la leyenda resucita con máscaras, percusión y baile aquella fiesta que el Amo organizó para celebrar el milagro.

 Publicado por El Acontecer Diario


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