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Salgo a pedalear. Que atrás queden las penas, el cuerpo limpio y la bicicleta quieta. Me espera un reencuentro y el conocido deslumbre del azar. Volveré al océano Atlántico tras dos años de ausencia y rodaré las calles nuevamente.
| 17/06/2016
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Por Ernesto Alves Temperán


No salgo de mañana temprano, como indicaría la prudencia. Recién a eso de las diez estoy en la calle, pedaleando por la Avenida dos Franceses cuando se me cruza el primer divague.
‘Rodoviária’ es un nombre más bello –fuerte y sintético– que ‘terminal de ómnibus’. Si pudiera lo metería colado en el diccionario, tras rododenro y rodomiel, pero no tengo esas potestades. La idea me encuentra cruzando la rodoviária de São Luís do Maranhão y me distrae del tránsito fuerte de la avenida.
Con la atención puesta en la calle me sorprende ahora la cantidad de combis blancas. Están como nuevas y, sobre todo, son abundantes. También hay un montón de ciclistas populares –con bicicletas baratas, sin casco ni equipamiento deportivo fosforescente– yendo al trabajo, al amor, a la escuela o a donde quieran –que para algo andan en bicicleta.
Antes de doblar pregunto y doblo nomás por la Daniel de la Touche, en dirección a las playas de la capital del Maranhão. Cruzo un cartel con dos manos que cuidan un edificio y anuncian que esta calurosa ciudad nordestina es Patrimonio de la Humanidad, según la UNESCO. La humanidad también hace esto: tira basura en las calles, las deja hediondas, con olor a meo y a saneamiento mal hecho. Aunque no lo celebremos, este también es su patrimonio y no solo aquellas casas bonitas con azulejos en la fachada, allá por el centro histórico.
Pero no te desvíes. Estamos en la Daniel de la Touche: rodar es incómodo, es el esfuerzo de la tracción a sangre, el calor de la calle, el humo de los motorizados. Paso por un puente y veo el manglar; sobre el suelo barroso un montón de cangrejos tratan de abrazar el aire con sus pinzas.
La calle me manda tres mensajes. Número uno: ANUNCIE, OU NADA ACONTECE, reza el cartel promocionando su espacio publicitario y explicando la labia del sistema. Número dos: un sex shop ofrece canastas románticas con sus productos para el día de los enamorados. Número tres: “É tempo de restaurar a Naçao” dice la iglesia evangélica Rei dos Reis, como si dijera “Viva Temer”, o mejor quizás, volvamos a la dorada Edad Media.
Te desviás, viste. La primera imagen del reencuentro viene en bajada. Es pronunciada y no deja entregar la vista al Océano Atlántico: arena, palmera y buques en el horizonte.
De repente estoy en la rambla y el pedaleo es otro placer. Sobre la vereda espaciosa el tránsito se reduce a caminantes eventuales y a unos pocos ciclistas lookeados –de los que no pedalean en las grandes avenidas–. El Atlántico enorme está ahí, tanto tiempo y tan otro. El mundo sigue siendo tropical y entonces no me reencuentro del todo: necesito traer el viento fresco de Rocha, cambiar de palmeras y colocar un par de amigos sobre la arena.
Ando varios kilómetros de rambla. Cruzo paradores con agua de coco, quinchos de palma y precios exorbitantes. Veo siempre ahí ese océano ni-tan-mío. Me empieza a dar hambre y meto el cambio más pesado cuando una nube amenaza con desatar la lluvia.
Al final de la rambla brotan edificios altos y cuando vuelvo a la calle un gol sale gritando desde la radio de aquel vendedor callejero de camiseta verde. Esto es Brasil, una mujer negra con pelo rizado, vestido suelto y collares largos pasa lentamente frente a un muro que grita “Fora Temer” y pregunta a la Rede Globo dónde está la democracia.
Desde el puente vemos ahora el centro histórico. Las cúpulas de varias iglesias, los tejados color naranja, la ciudadela que el tiempo desbordó. En el carril angosto una 4x4 toca y toca la bocina antes de pasarme al ras y ganarse mi dedo del medio como respuesta. ¿Qué se cree?
Después de las avenidas rudas y la rambla tranquila, llega el traqueteo colonial: lento, sobresaltado, incómodo, irregular. El Mercado das Tulhas me recibe con los banderines rojos, verdes, blancos y azules que alegran a cualquiera y anuncian las fiestas de São João. Pero sus precios turísticos no paliarán el hambre de este viajero.
Un poco más adelante, en cambio, doña Fátima ofrece “pratos feitos” a solo 7 reales. Estaciono y se acaba el pedaleo: me espera un plato de pescado al escabeche, una porción cremosa de feijão, una ensaladita pasable y un jugo de acerola, esa fruta roja que yo tampoco conozco.
Si no viajara con bici, no habría visto ni medio.

 Publicado por El Acontecer Diario


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