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Subimos al barco. Nos espera un viaje de cuatro días por el río Amazonas. Ya a bordo, el tiempo descansa en el vaivén de las hamacas. Entre Manaus y Belén suben y bajan varios soles y su luz deja ver otros rincones del mundo.
| 10/06/2016
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Por Ernesto Alves Temperán

Amanece y abro los ojos. Manoteando el suelo bajo la hamaca encuentro mis lentes. Nitidez: el sol está por salir y casi todos en el barco duermen. Bajo a servirme un vaso en las canillas con agua “gelada” y siento mi piel de gallina; el viento del alba trae el fresco que la noche despide.
En el piso principal del barco hay cinco o seis hileras de hamacas. Decenas de personas duermen sobre esas telas coloridas sostenidas con nudos y ganchos. A esta hora los pocos pasajeros despiertos están en la suya: hay quien mira el celular, quien va –toalla al hombro- en dirección al baño, quien se recuesta en la reja para ver si el sol escapa a la nube, quien cierra los ojos y pide otro ratito más.
Con la caldera y el termo bajo el brazo voy hasta la bodega, donde hay un pequeño fogão. Mientras espero que suban las burbujitas miro el río enorme y lo pienso como avenida –sus cruces, rotondas, desvíos, su tráfico–. Después veo el vapor y saboreo la mañana que se viene con mate.

***

A mediodía pasamos por un pueblo ribereño: Almeirim. La luz satura el verde del monte en contorno y los colores de los edificios saltan a orillas del río. Andan algunos barquitos en la vuelta, su fe se escribe con letras grandes: “Abençoado por Deus”, “Jesus é mais” “Deus seja louvado”.
Nuestro San Marino III toca tres bocinas fuertes y Sol se acerca a la baranda para ver el muelle:
Va a subir gente.
Ahí están: suben y bajan con mochilas, maletas, bolsones, un colchón y los largueros de su cama, un motor que cuesta cargar entre cinco, un par de conservadoras a nombre de Rosa Guerra. Además de los pasajeros que llegan con sus hamacas y sus petates, suben vendedores con frutas, queso, jugo de açaí y bandejas para el almuerzo.
El barco vuelve a tocar la bocina y gira lentamente para retomar viaje. Los aromas de la cocina llegan hasta nosotros, que compramos un ticket de 15 reales para compartir almuerzo con Sol. La verdad es que pudieron conmigo: los platos de Brasil son interminables, abundantes, una exageración de arroz, porotos, fideos, varias porciones de carne, pollo o pescado, ensalada y farofa.

***

Atardece el tercer día navegando por el estrecho de Breves. El cauce se vuelve más angosto y las orillas acercan palmeras y árboles de raíces inundables. De repente escucho el grito.
Desde las cabañas precarias en la vera del río salen varias canoas. Son madres, niñas y niños que reman con fuerza hacia nuestro barco, chillando finito. La luz naranja del atardecer revela su empeño por no dejar pasar la oportunidad. Otra vez suenan sus raros gritos –¿cantos, voces, súplicas?– y los paquetes empiezan a caer.
La gente está tirando bolsas con comida, ropa y ayudas varias a las aguas del río. Allí flotarán hasta que una canoa se acerque a recibir los restos caritativos del progreso pasajero. Otra vez, nuestra América me deslumbra con sus fantasías de desigualdad.

***

Miro el reloj, 1:29. La medianoche ya pasó y yo ni sé cuándo caí dormido. Me acomodo en la hamaca pero no recupero el sueño; entonces subo a la terraza y veo el cielo repleto de estrellas. Es otro cielo, y otras las constelaciones que la imaginación dibuja, pero por ahí arriba encuentro un brillo conocido: es la luna que recién crece.

 Publicado por El Acontecer Diario


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