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La primera vez reímos, y nos costó creer. Nos enterábamos que en Venezuela le dicen “pedir la cola” a levantar el pulgar para “hacer dedo” y conseguir un aventón. En dos meses en el país, nos han dado más de diez colas para adelantar tramos y acortar distancias.
| 14/05/2016
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Por Ernesto Alves Temperán

Una vez un cincuentón de camisa blanca se acercó a nosotros, que llevábamos media hora haciendo dedo en un peaje en Barinas, y le pidió al siguiente camión:
- Por favor, amigo, deles la colita.
El hombre paró, subimos nuestro equipaje y nos fuimos contentos. Al parecer, la expresión viene de atrás. En aquel tiempo extraño -cercano y a la vez distante- cuando no existían los motores, los caballos eran valiosos medios de transporte. Cuentan que entonces, cuando alguien venía caminando junto a otro que montaba a caballo y se acercaba una cuesta, el caminante pedía la cola del caballo para sostenerse y que el animal lo cinchara hacia arriba. Y el otro le daba, o no le daba, la cola.
Parece que no es suerte, sino costumbre. A diferencia de Colombia, donde décadas de conflicto armado han llevado a los conductores a prevenirse y levantar a pocos viajeros en la ruta, en Venezuela hacer dedo es una carta segura. Aún cargando las bicicletas -y una cantidad de alforjas y mochilas que hacen pensar que nos estamos mudando- conseguimos viajar gracias a la generosidad de la gente que se frena.
Elegimos viajar intercalando tramos en bici con otros a dedo para movernos más rápido, decidir qué lugares visitamos y ahorrar dinero. Hay de todo en la viña del señor: en estos diez dedos hemos viajado con un panadero, un ingeniero petrolero, un campesino evangélico y hasta con un chofer del palacio de Miraflores.
A veces ni levantás el pulgar. Un día de abril, a la hora en que el calor aún no mata, pedaleábamos por los Llanos rumbo a Guanare. El mate venía pronto y cada tanto hacíamos una paradita para compartir un amargo y unos besos con Sol. De repente, se nos acerca una camioneta blanca -una 4x4 muy grande, de esas que en el barrio le decíamos “patonas”- y nos ofrece cargar las bicicletas en la caja invitándonos a desayunar con ellos. ¿Cómo negarse? ¿Para qué?
Resultaron ser ganaderos y buenos comedores para el desayuno. Los tres hombres -padre, hijo y sobrino- se bajaron sus platos de sopa con carne y repitieron hasta terminar sudando. Nosotros no aceptamos esa dosis -tan rara para nuestras costumbres de desayuno- pero probamos los tostones con queso de mano, un plato de plátanos fritos acompañados por una porción abundante de queso cremoso. No me enorgullezco, pero ese día estuve a la altura de los gorditos ganaderos y me bajé el queso entero; al rato me costaba pedalear.
El viaje a dedo se siente distinto. Vas rápido, pero ya no dependés solo de vos mismo como en la bici. El necesario encuentro con ese conductor solidario cambia las cosas -conversás, aprendés, te enterás, te aburrís.
La tarde en que viajamos a Caripe el cielo era un espectáculo desde la caja. Atardecía y las nubes se movían a diferentes alturas, contra un fondo naranja ya estrellado. Yo miraba todo aquello extasiado y buscaba las diferencias. Mientras en bicicleta el paisaje se observa con lentitud y demanda esfuerzos en función del relieve, desde la caja de una camioneta uno nada más contempla, echado, cómo el mundo pasa en ráfagas. El dedo te da perspectiva, la bicicleta te da implicación. Y está aquello de encontrarte con personas tan distintas:
- ¿Ustedes conocen al Rey de la Gloria?
El hombre que nos traía a dedo desde Maturín manejaba un camioncito blanco. En la caja con barandas de madera llevaba varios plantines de plátano. Supongo que mientras bajábamos el equipaje se decidió a predicarnos su religión. Apeló a su señor, preguntó si yo acaso creía venir del mono y jugó su mejor carta con una versión del argumento pascaliano de la apuesta, pero Sol ya se había esfumado y yo mantenía mi incredulidad entretenido en la conversación.
El hombre deseó que su dios me concediera fe y siguió viaje. Yo seguí creyendo; en él, en nosotros, mi fe puesta en la solidaridad que nos mueve entre montañas, cuando pedimos cola y nos la dan con amor.

 Publicado por El Acontecer Diario


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