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Llueve en Caracas y el domingo es más fuerte. No es solo ese aire a domingo que se estira día tras día sobre Venezuela ─oficinas cerradas, gente en las plazas mirando a lo lejos, la calma y su desasosiego─ sino que justo cae domingo y los efectos se hacen notar.
| 08/06/2016
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Por Ernesto Alvez Temperan

Por alguna razón me provoca estar en la ciudad cuando llueve. No sé qué tiene ese encuentro gris de la urbe con el cielo encapotado que me lleva hasta las puertas de la melancolía. La lluvia refresca y pide abrazos, moja y quiere refugio, renueva y limpia la ciudad hasta que se seca la ilusión.
En esas cosas, más o menos, pensaba bajando en bici con Sol por la Avenida de las Fuerzas Armadas. Al mediodía del domingo primero de mayo las calles céntricas de Caracas estaban tranquilas, nosotros rodábamos y veíamos pasar edificios altos, su brutalidad moderna de hormigón armado brillando tras la lluvia. En eso, cruzamos la avenida Urdaneta y al verla vacía me acordé de Gabo.
Hace unos días leí un reportaje que Gabriel García Márquez escribió en 1958: “Caracas sin agua”. Cincuenta y ocho años después, en este mayo con agua pero sin tanto, parece que la situación se repitiera y resuena aquella sentencia de Marx según la cual la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. Gabo contaba la historia del ingeniero alemán Samuel Burkart, que sufría la escasez de agua en su apartamento del barrio San Bernardino y hacía lo posible por afeitarse todos los días, tratando de mantener el eje dentro de un mundo tambaleante. El reportaje narra un panorama real y mágico que por momentos se parece a la Caracas actual: una ciudad enlentecida por el racionamiento y la escasez, con largas colas para comprar productos básicos y gente que ya no cree en el gobierno. La lluvia cae sobre el final, con su aire redentor.
En esas cosas, más o menos, pensaba cuando vi la avenida Urdaneta vacía. Había solo dos montoncitos de gente, los policías fosforescentes y los militantes rojos. Doblamos entrando en el centro, donde los esténciles y graffitis te avisan que estás en “territorio chavista” y los enormes carteles de propaganda de la revolución bolivariana te salen al paso en fachadas de bancos y ministerios.
Frente al palacio presidencial de Miraflores encontramos el acto oficial por el día de los trabajadores. Sobre el escenario dos animadores agitaban al público para que cantase: “Uh, ah, Maduro no se va. Llegó la clase obrera que lo vino a respaldar”. Pero la clase obrera no terminaba de llegar, venían caminando desde el edificio de CANTV, la empresa de telecomunicaciones que Chávez nacionalizó en 2007, a treinta cuadras de distancia.
Al rato empezaron a aparecer los primeros marchantes: muchos eran trabajadores de instituciones públicas, ─identificados con sus respectivos logos sobre las camisas rojas─ y caminaban con carteles y banderas pero sin mucho entusiasmo. Contrastaron los tupamaros chavistas, que llegaron corriendo con banderas negras y rojas, coreando su nombre en sílabas, y se amucharon hacia delante. La marcha y el acto eran transmitidos en vivo por varios canales del Estado. Un camión de la tele ponía música de Amor a Chávez y filmaba a la gente que lo seguía, bailando y coreando consignas que un tipo les arengaba.
Más tarde, cuando hablaba para la multitud que colmó el acto del día de los trabajadores, el presidente Maduro dijo que haría un anuncio “como jefe de la Revolución Bolivariana que soy, porque así me dejó Chávez como hermano mayor al frente de ustedes” y no solo dijo que él es el hermano mayor sino también:
─ Si la oligarquía algún día hiciera algo contra mí, y lograra tomar este palacio por una vía o por otra, yo les ordeno a ustedes, hombres y mujeres de la clase obrera, declararse en rebelión y decretar una huelga general indefinida hasta obtener la victoria frente a la oligarquía. ¡Una rebelión popular!
No le llovió encima.

 Publicado por El Acontecer Diario


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