Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Cruzar los Andes una vez más, como en despedida. Pedalear del frío al calor, aguantando con Sol un abrazo que nos refugia de las tormentas que arrecian sobre Venezuela.
| 13/04/2016
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Por Ernesto Alves Temperán


Le llaman Páramo. Tierra esdrújula –fría, amarilla y alta- gélida y con nubes blancas sobre el contorno oscuro de las montañas rocosas. Pero eso está allá arriba: acá abajo es temprano, el mate está pronto y tenemos ganas de andar.
Vamos pedaleando lento por un repecho de 44 kilómetros que sube con gentileza, pendientes largas pero no matadoras. Desde los campos llegan aromas: ajos y repollos crecen en tierras de campesinos esforzados. Dos por tres pasa un auto, una camioneta o un bus, que nos alienta a seguir trepando.
Esta es una ruta Mucu. Salimos desde la Mucuy rumbo a Mucuchíes, que está antes de Mucuchache y Mucubají, donde hay una MucuPosada. En Mucurubá –otro Mucu- paramos a almorzar.
Entro al baño y escucho la radio; están pasando música llanera y ese folclore venezolano se me hace familiar. Mientras me lavo las manos con agua fría pienso en canciones como “Angelitos Negros” o “El Gavilán”, que viajaron desde el Llano venezolano hasta Uruguay junto a cantores como Larbanois-Carrero y Los Olimareños.
Salgo y está servida la sopa. El menú que comemos vale 850 bolívares –menos que un dólar en el mercado paralelo, más que lo que muchos locales pueden pagar- y trae chuleta con ensalada y yuca como plato principal.
Al volver a la ruta la pendiente serpentea cruzando un río pedregoso y metiéndose entre las montañas. Los pueblos de estos Andes conservan rasgos típicos de la cordillera: el poncho y los sombreros, los techos de teja y las paredes de barro, las mejillas quemadas y aquellas miradas limpias pero distantes.
Saliendo de Mucuchíes un mural me asombra: dos santos flotan sobre una laguna, con el páramo a sus espaldas. La pintura destaca a San Benito, el santo negro, portando un rifle que despide un chorro de luz celeste. Unos metros más allá estoy tarareando un candombe que le escuché a Berta Pereira y Las Comadres: “San Benito, santo lindo / santo de mi devoción / hoy he venido a pedirte / que alegres mi corazón.”
Pedaleo y creo en ese tarareo, en las músicas de la nostalgia que desdibujan las armas y sin milagro hacen la subida más llevadera. Va cayendo la tarde y el sol se esconde de a poco entre las montañas.
En Apartaderos los bomberos nos abren las puertas para pernoctar en su estación. Junto a la neblina que baja desde los cerros, salimos abrigados a buscar víveres para cocinar. La tienda de Grillo nos sorprende como una auténtica pulpería: con una abundancia rara en estos tiempos de escasez y un montón de gente charlando y haciendo compras. Nos vamos contentos con una bolsa de harina de trigo “criolla”, un poco de manteca de cerdo y varios huevos para unos chapatis que cenaremos antes de irnos a dormir pegaditos.
A la mañana siguiente compartimos el desayuno con un grupo de bomberos humildes que hacen chistes como para llorar: que andá a saber si hoy no se accidenta un camión de los que transporta harina para arepas o aceite de cocina; que sería bueno tener para el almuerzo unos huesos de cochino, de esos que antes le tiraban a los perros.
Afuera se siente la altura y el frío. Las bicis están cargadas y nos espera el tramo final; pedalear el páramo es poner el cuerpo a repetir esfuerzos que agotan la voluntad. Parás y mirás el mundo: los caminos de tierra tan empinados parecen capricho, los frailejones adornan las laderas del páramo con su textura aterciopelada de plantas de otro mundo.
El viento frío me trae la música que Sol viene escuchando más abajo. Es Sara Hebe que rapea como justiciera: “Limpiaron el Desierto y alguien repobló / ¿Quién es el pueblo? / Y ¿dónde están mis rasgos que no los veo?”
Más arriba está el cartel final: Laguna de Mucubají. Llegamos a la cima, a 3600 metros sobre el nivel del mar, frente a una laguna oscura que contemplamos junto a un perrito tímido y marrón.
Ahora sacamos guantes, camperas, pantalones y ropa que nos envolvemos como gorros y bufandas para empezar la bajada de casi 60 kilómetros que nos espera. Todo pasa en cámara rápida: pinos, arroyos, una camioneta que saludaaa, frailejones secos, frailejones en flor. Paramos y nos abrazamos fuerte para conseguir un poco de calor. Seguimos y el mundo empieza a cambiar: vuelven los sembradíos, el amarillo da paso a los primeros verdes y el frío cede.
Unos kilómetros más abajo las montañas se tapan de árboles, los precipicios se pronuncian y las cascadas caen con esplendor. Bajando hacia el calor la velocidad me inspira un ansia insensata: seguir de largo y fundirme con el verde del monte. Pero contengo el anhelo y doblo para ver cómo la montaña baja más allá de las nubes hacia el calor de los Llanos. Las flores, los colibríes y las mariposas nos anuncian otro mundo.
Es difícil hablar de otra cosa cuando muchos venezolanos que nos rodean hablan de irse del país, cuentan que están comiendo menos que antes y que el sueldo –demorón- no alcanza para vivir. Pero esta es una crónica de viajes en bicicleta, y hasta acá llegó.

 Publicado por El Acontecer Diario


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