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Es enero y en el Caribe recibo aquel abrazo. Nado en los nudos del nido y me alegra contarlo: mi mamá, mi papá y mi hermano se vinieron hasta Colombia.
| 27/01/2016
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Cartagena de Indias está tomada. Una masa de gente satura las callecitas coloniales del centro histórico, suda y bebe tragos en la península de Bocagrande y deambula bajo las estrellas en el glamour plebeyo de Getsemaní.

A las 6:30 de la mañana siguiente solo queda una resaca de multitud. Bajo una gorra roja que reza cantinero, dos ojos se desvían en direcciones opuestas. Sol y yo esperamos el agua para el mate, tomando el fresco en el cordón de la vereda, cuando pasa un hombre y el cantinero lo bardea como pitonisa:

- Tú no sabes ni si tú eres tú mismo.

Enseguida aparece mamá en el umbral: mate en mano, termo bajo el brazo, el bolso atravesado y su sonrisa tan vigente. Caminamos por las calles coloniales cuando el calor todavía es sabroso, y bajo los balcones floridos disfrutamos paseando el tiempo. Otras veces lo correremos, tratando de atrapar un poquito para extrañarnos menos, pero ahora el tiempo nos pasea.

***

Cuando volvimos a encontrarnos, Guille cerró los ojos y me abrazó bajo el sol de Santa Marta. Mi hermano tenía el pelo alborotado, cara de poco sueño y la sonrisa intacta. Hace rato que la vida nos traza caminos distantes, y a veces me inquieta encontrarnos tan distintos.
Mirando peces bajo las aguas caribeñas y tamborileando candombes sentí que todavía jugamos juntos. Hay una puerta que sabemos abrir y me alegra que la bicicleta sea una llave: de alguna forma, pedaleando tendemos puentes hacia el abrazo.
Cuando nos volvimos a despedir, yo cerré los ojos y abracé a mi hermano bajo el sol de Cartagena. Una lágrima bajaba por la mejilla de quien volvía a un mundo distante y distinto al mío, al frío y la abundancia del norte, pero con su corazón siempre cálido; como si el cantinero ya no dijera nada.
***
El plan era claro, pero demoraba en concretarse. Entonces Sol y Pancho arrancaron cada uno por su lado y volvieron cada uno por otro con dos parrillas, carbón, leña, carne y verduras.
La noche del 31 de diciembre compartimos un lujo poco costoso en las playas de Palomino. Hicimos nuestro asado de fin de año en el suelo, armando la mesa con tablas y bloques que conseguimos por ahí, comiendo en la playa sin pedir permisos.
Además del debido aplauso, hay que decir algo en defensa del asador: al cebú no hay con qué darle. Por más que papá tenga sus mañas para la parrilla, el pobre animalito parece que no se relaja mucho; qué le vamos a hacer, si hasta al cuchillo le costaba.
Celebramos de una manera tan conocida como añorada. Con nuestras extrañas formas de amar, más acá de la conservación de la especie y de la ficción del calendario, elegimos encontrarnos y compartir el truco del tiempo que recomienza.

* Dedicado a la sonrisa de mi tío abuelo, el cuentahistorias flaco y alto que cerró sus ojos claros e inocentes el domingo 10 de enero, Visitación Leopoldo Delgado Matonte, el “Guadaña”.

 Publicado por El Acontecer Diario


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