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Quería saber cómo amanece Cartagena de Indias y desperté antes que el reloj. Me lavé la cara, bostecé, me puse la calza y salí a pedalear. La noche me recibió en plena calle y cuando el sol llegó Cartagena era otra, despertando con lagañas maquilladas y un aliento de aquellos.
| 30/10/2015
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Cartagena de Indias desde el cerro La Popa Foto de Norma Gómez, Licencia CC-BY

Al dar vuelta a la esquina la calle estaba vacía. Avancé hacia el puente, pasando junto a un carro con mangos y guanábanas que salía de las sombras. Vi las fortalezas de un castillo colonial insinuarse desde una colina, alumbradas por luces que serían frías si esto no fuera el Caribe. Pedaleando de madrugada, las imágenes se me esfumaban como en zapping y un cartel del presidente Santos aprovechó para prometer “con Paz haremos Más”.
Me preparaba para subir al cerro de la Popa cuando encontré a Henry. Ese tipo que calentaba y estiraba bajo las estrellas me frenó y sugirió que mejor no subiera solo. Conversamos de Uruguay, de Mujica y el 3 a 0 hasta que me llegó el turno de preguntar y Henry soltó la lengua.
“Yo soy cartagenero, cien por ciento. Afrodescendiente, amante de la champeta, ¡cartagenero! Pero mi ciudad se ha vuelto insegura y eso no lo tapo ni con las dos manos”.
Henry avanzaba a trote cortito y yo venía en el cambio más liviano; con un gesto habíamos cortado la charla hasta subir al cerro. Pasando un par de casas destartaladas, se hizo monte y nos cruzó una culebrita. El convento de la Popa apareció más arriba, con su vista privilegiada sobre la bahía.
Arriba vimos la ciudad entrando y saliendo del Mar Caribe: la antigua muralla que rodea al centro colonial, las torres de los hoteles que tapan el mar en Bocagrande y otra parte que no entra en la foto. “La otra Cartagena”, barrios en miseria perdiéndose en el horizonte, que pena pero no cabe en la foto.
Compartiendo la vista, Henry me contó que la música de champeta viene de los barrios “subnormales” de Cartagena, donde predomina la gente negra y sus ritmos palenqueros. Dijo que cuando surgió -en los ´90- la champeta era tan buena que la apodaban “terapia”.
Cuando nos despedimos, mi compañero madrugador me aconsejó:
“Usted debería escribir sobre las dos Cartagenas”.
Y se fue con el sol naranja subiendo rabioso sobre la ciudad doble. Entonces subí a la bici y me tiré en bajada. La avenida me recibió con el tránsito ya despierto y ruidoso. Zafé del humo hacia la izquierda y me encontré bordeando una lengua de mar en la tierra. Alguien dormía sobre viejos asientos de auto junto al agua.
De repente empezó a salir gente de todas partes. Era un mercado a pleno a las seis de la mañana: gente cargando, apilando, vendiendo y comprando frutas y verduras, carnes y pescado. El verde de doscientas o trescientas sandías, el naranja de otras tantas papayas, el precio de una palta a la mitad que en el centro.
En un carrito me comí una arepa de huevo acompañada con jugo de mora, y me fui del mercado de Bazurto. Salí con imágenes intensas: los cargueros esforzados esquivando gente, el olor fiero de las aguas servidas, los indigentes tan jodidos tratando de rescatar algo para comer.
Entonces volví a la bicicleta y crucé otro puente. Y fue como traspasar una muralla invisible entre las dos o tantas Cartagenas, hacia el barrio de Manga. Pasando por una calle con jardines cuidados vi como una niña vestida para la escuela sonreía junto a su padre, los dos rubios, los dos blancos. Me dio la sensación de estar viendo una publicidad.
Seguí hacia el centro y pedaleé unas cuadras bordeando la muralla. Entré por la Calle de las Chancletas y los balcones floridos me suavizaron la marcha. Con las primeras luces del día, los colores cálidos se lucían en las fachadas coloniales. Recorriendo uno de los centros históricos más bonitos que he conocido le agradecí a la bicicleta por el paseo y volví a casa a por un mate y unos besos.

 Publicado por El Acontecer Diario


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