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Si podés pagar es solo un viaje demasiado largo. Pero llegar de Cali a Palenque con una bici, con poca plata y en poco tiempo no es fácil. Son mil kilómetros y es siempre así: si uno lo quiere rápido tiene que ponerse, o ligar.
| 20/10/2015
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Nos apuran los tambores. Es que hay festival en San Basilio de Palenque, tierra de negros y negras rebeldes que resistieron la esclavitud y hoy reviven sus tradiciones libertarias en el sabor, en el baile, en las trenzas y los tambores.
Salimos hacia Palenque a dedo sabiendo que viajar así tiene algo de ruleta. No sabés quién te llevará, a qué hora, ni en qué vehículo. Si el azar está contigo podés viajar más rápido que en bus y mucho más cómodo, pero si no ligás se complica.
A decir verdad para salir de Cali ni mostramos el pulgar. Yo iba a mandar la bicicleta por encomienda, para estar más liviano y apostarle al dedo, pero el despachador me avivó de que regateando nos llevarían a Sol, a mí y a la bici por unos pocos pesos más.
Ya en viaje la policía paró el ómnibus para pedir documentos y pidió que bajáramos los extranjeros. Yo temblé, porque no sabía dónde estaba mi comprobante migratorio pero el papelito apareció y suspiré aliviado.
Mientras tanto, los otros seis extranjeros respiraban tensos en torno a los uniformados. Uno de ellos volvió al bus y se llevó un rollito que escondía en la visera de su gorra. Al rato, los seis subieron y el bus retomó la marcha.
No habían pasado ni diez minutos cuando se repitió la escena. Paran el ómnibus, los seis admiten que van indocumentados y bajan a hablar con la policía, tratando de que les salga barata. En los próximos cincuenta kilómetros nos paran dos veces más y la policía no disimula, solo piden documentos a los extranjeros y no temen ser obvios:
- ¿Ustedes son los argentinos? -dice el cana viniendo directo hacia nosotros- Tranquilos, con ustedes no hay problema.
Y entonces pide un representante de los seis cubanos, lo espera bajo el bus y le saca la plata, como si el soborno fuera lo más normal: un trámite. Así, los seis siguen su viaje hacia el sueño menos americano, esa pesadilla de tantos.
Pegó en el Palo. Ya en Medellín, el dedo para a un camión y corro para hablarle. Salto al escalón de metal y lo veo, el camionero es un tipo simpático de gorra y remera roja que quiere saber a dónde vamos. Dice que él tambien va hacia el Caribe; yo me inflo de alegría y le propongo atar nuestras cosas en el remolque. Él mira por el retrovisor y ve la bici, las cuatro alforjas, el djembé, mi mochila, las mochilas de Sol, la carpa y dice:
- Uh, no puedo llevarlos tan cargados parcero. Me regañan de seguridad de la empresa...
Y no hay cómo. Después de él nadie para en diez horas haciendo dedo en la salida del peaje Trapiche. Las condiciones parecían óptimas: hay muchos camiones y camionetas, vienen lento porque recién salieron del peaje, hay lugar para que paren... Pero nadie para. Parece que nadie tiene ese pensamiento clave, nadie se siente la excepción moral que pisa el freno y dice “si no los llevo yo ahora, no los va a llevar nadie”.
Al otro día tomamos un bus para salir del agujero negro del peaje y volvemos a hacer dedo a la salida de Caucasia. La gente anda con camisetas de la selección Colombia y el calor de la ruta es tan fuerte como el que contó García Márquez.
Las caricias vuelven todo más leve. Dos miradas que se encuentran riendo en el medio de la nada y levantan el pulgar. Hasta que pasa Héctor -la excepción moral- y para. Por primera vez para y nos toca a nosotros dos. Ahora tendremos frío por el aire acondicionado, compartiremos una buena charla y ligaremos una rica cena.
Ahora estaremos a treinta kilómetros de Palenque, cerquita del retumbe de sus tambores en festival.

 Publicado por El Acontecer Diario


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