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Uno no puede tocar la línea que divide Argentina y Uruguay, o Colombia y Ecuador. Las fronteras son ficciones: el cuento de que acá somos así y allá son asá está en el aire y se respira.
| 10/09/2015
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San Juan de Pasto de noche (Foto por Jorgelrm (CC BY-SA 3.0), via Wikimedia Commons)

La escenografía de las fronteras es lo real, ahí sí uno puede tocar y ser cacheado. Un edificio de aduanas: siete ventanillas cerradas y una abierta, la cola heterogénea de pieles y andanzas, los cambistas acechando ahí afuera. El gran relato de la nación puesto en escena y todos jugando un rol, creyendo porque no queda otra, porque esta historia (se) cuenta con el monopolio de la fuerza.
Bienvenidos a Colombia, cambio de escenario. Parece que hicieran dedo pero sus pulgares dicen que todo bien; los muchachos –camuflados y metralletas– saludan y nos dan paso. Más allá, nuestro bus cruza un puente sobre un abismo; los muchachos descansan en trincheras de bolsas de arena. Parte del aire, parte de una historia: Colombia en guerra contra la guerrilla, contra el pueblo, contra los narcos, contra su propia suerte. Bandos ficticios de una historia que duele demasiado.
El conductor maneja rápido por la ruta angosta que nos lleva de Ipiales a Pasto por los Andes en esplendor. Acantilados, parches verdes en las montañas fértiles, laderas enormes quemadas por algún incendio, el río siempre terco y tenue allá abajo. Cuando lleguemos a Pasto confirmaremos un revés inesperado: Colombia también es fría.
La fundaron como “Villaviciosa de la Concepción de la Provincia de Hatunllacta” en 1537. La fundaron sobre los Pastos –los que siempre estuvieron antes, los que llamamos originarios– y alguien entendió más tarde que Pasto era mejor nombre que Villaviciosa. Pasto tiene el aire fresco y el sol fuerte, repentino de las ciudades andinas; también la altura, las tejas, las papas y el maíz.
Mi primera impresión es que Pasto a la vez desmiente y confirma la ficción de la frontera: situada a menos de cien kilómetros del límite con Ecuador, la ciudad muestra señas de identidad mezcladas. En sus aromas y sabores, en la gente al borde, en la amabilidad prometida, Pasto desmiente y confirma.
Las insignias del sabor nacional –café, arepas, porro, panela– marcan la diferencia: son ricas y más fáciles de conseguir por estos lares. (El sabor sabe de símbolos, pienso y me cebo un mate.) Pero la frontera también miente y se deja traspasar: por suerte acá no faltan tamales, humitas, quimbolitos y otras delicias andinas.
Mirando hacia otras partes, las calles y rutas muestran un espacio público distinto. Estos primeros kilómetros de ruta no muestran nada parecido a la propaganda política de la “Revolución Ciudadana” en Ecuador, probablemente porque las situaciones políticas se parecen en nada. Tampoco se parecen las rutas: pasamos de carreteras modernizadas por el progresismo en Ecuador a rutas colombianas más angostas y con promesas de tierra.
Desde las calles, una postal. En la entrada lateral a la iglesia de San Felipe -cúpulas coloniales, historias que cruzan siglos- dos filas de personas esperan. Sentadas sobre cartones y cajones de verduras, esperan; sus ropas antiguas, raídas, los abrigan del frío que les toque en suerte. El pórtico sobre ellos reza “Piscina de Jesús del Río” y lo repito a ver si la espera dura, esperan. «Aquí a las tres de la tarde saben dar pan, café, monedas», me cuenta un hombre alto, de saco azul oscuro y pelo indio. Su reloj de plástico en colores marca las 13:52. Es uno de los tantos indigentes que habitan las calles de la ciudad; más tarde me sonreirá, sosteniendo el cartel de un político joven en una plaza vacía. Una postal que marca diferencias fronterizas.
¿Y qué decir de la amabilidad prometida? Un montón de historias de viajeros -ficciones sobre ficciones- presentaban a la gente colombiana como amable, solidaria y hospitalaria con los andantes. He probado esas ficciones en estos días, en verdad hay un estado de ánimo que contagia, un tender la mano porque sí, una curiosidad amigable.
Quizá las fronteras sean puras ficciones, quizá yo exagere. Aún así, vale la pena desconfiar de los relatos nacionales y su pasión por pintar a todos del mismo color. Entro en Colombia entre estas ficciones, las inhalo y las suelto, como el aire que se ríe.

 Publicado por El Acontecer Diario


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