Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Vengo de la pampa. La escuela uruguaya me enseñó a decir penillanura y pedaleando en Durazno aprendí a sufrir la subida de Penza, una cuesta de solo doscientos metros. Vengo en bicicleta desde la pampa, así que imaginate lo que es para mí rodar por la sierra: pedalear sus cuestas interminables y bajar en ráfagas por las rutas de los Andes.
| 12/08/2015
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La semana pasada, por ejemplo, salí a pedalear y me envolvieron las nubes, me llovió encima un buen rato, crucé pueblitos de adobe y tejas y saludé a señoras de pollera y sombrero. Cuando el viento despejó el panorama los colores de la montaña me dejaron boquiabierto; cuando la subida amenazó con subir más todavía, me bajé de la bici y empujé hacia arriba, cuando el último pliegue del camino anunció bajada, me dejé llevar por este placer insensato.
Hace un rato que pedaleo por los Andes. Cuando preparaba este viaje varios me preguntaban cómo haría para cruzar la cordillera, con una inocencia típica de nuestra imaginación pampeana. Es que uno no cruza simplemente los Andes: no se sube una cuesta durísima para luego bajarla sin interrupciones y con frío; no es así, las montañas de la cordillera son mucho más imprevisibles, llenas de sorpresas, pliegues constantes, subidas en medio de la bajada, bajadas en medio de la subida.
La semana pasada, por ejemplo. Tras dos meses de placeres urbanos en Cuenca -esta bella ciudad en la sierra sur del Ecuador- salí a viajar con la bici. Más que un viaje, era un paseo: tenía solo dos días y me fui con la carpa, la mochila y poca carga a recorrer los alrededores.
El primer día llegué tranquilo a Paute, tras 45 kilómetros de descenso suave. En la plaza me esperaba el combustible: un morocho -leche caliente con maíz morocho y canela-, una tortilla de maíz -dulce, fina y crocante- y un delicioso muchín de yuca -indescriptible, ni hago el esfuerzo-.
En Paute jugué al basquetbol con unos muchachos que me aconsejaron no acampar junto al río, por los choros –así con una r sola. Entonces me fui con los bomberos y me acogieron con la hospitalidad usual, en un cuartel moderno y bien equipado. Al otro día desperté temprano y las nubes cubrían los cerros, descargando llovizna sobre el pueblo. Apronté las cosas, compré víveres para unos refuerzos y me subí a la bicicleta.
Los Andes proponen otras direcciones y la gente lo asume. Bajar y subir se pronuncian mucho más que atrás, adelante, izquierda o derecha. Eso me molesta cuando pregunto cómo llegar a un lugar, pero lo entiendo. Y ahora, en mi segundo día de paseo, me tocaba subir, me tocaba ir hacia arriba.
- ¿Y sí jala?, me preguntó sorprendido el hombre que cargaba baldes con comida para chanchos en su bicicleta. Si jalaría, si alcanzaría a subir no solo hasta Guachapala, sino siguiendo hasta El Pan, subiendo el cerro del Turi y desembocando en Gualaceo.
¿Por qué resistirlo, por qué jalar? Viajar en bici no es una respuesta a nada, es una tentación a todo. Es como sucar al perro, como avivar el fuego, como enfrentarse cara a cara con estas preguntas. Mientras pedaleaba la subida lluviosa, entre el arcoiris, los campos verdes, las pastoras solitarias y los invernáculos en bajada, llegaron ellas. Si insisto en viajar así es porque amo sentir el pinchazo cuando llegan esas preguntas, porque viajando así es más difícil tapar su misterio.
Al final sí jalé. Hubieron minutos, instantes, cuando pensé que no lo lograría. Solo en los Andes, con pocas provisiones y ante un camino pedregoso, me lo pregunté. Y ante la duda empujé, más allá de la comodidad, en ese terreno donde uno se inventa y se descubre. Crucé el barro de la ruta que es también el barro de los ranchos, saludé a la gente con sombreros y rasgos antiguos y empecé a bajar.
La velocidad temblorosa, la bicicleta sacudiéndose sin chistar entre las piedras y la carga a punto de caerse. Tres niñas que me corrigen el camino, decenas de perros que ladran qué corno soy y un puente para llegar a Gualaceo. Y en la mesa del mercado, ese plato de combustible acallando por un rato el rumor de las preguntas.

 Publicado por El Acontecer Diario


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