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En la puerta del Mercado 10 de agosto dos viajeros ensayan la Lambada. Ella es churuda y toca una melódica azul, él tiene rastas y una guitarra negra. Sentadas en los escalones —trenzas, polleras, sombreros, delantales— tres mujeres venden verde, hierbita y tamales.
| 29/06/2015
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La entrada es amplia, una bici azul antigua descansa contra la baranda; al otro lado de la Calle Larga los músicos esperan el bus con la melodía viva de “Canción y huayno”. Entro al mundo, entro al mercado.

Hace rato quería escribir sobre estos espacios encantadores que son los mercados latinoamericanos. Lugares múltiples, crisoles donde se cocinan culturas. Desde el norte de Argentina los visito, compro frutas, verduras y productos de almacén, almuerzo comidas locales, baratas y ricas...
Cuando estuve en Cuenca por primera vez vinimos a tocar cumbia. La gorra de frutas y verduras que nos llevamos con mis amigos uruguayos fue emocionante. La foto lo prueba.
Desde Bolivia he recibido la generosidad de las mujeres trabajadoras, vendedoras de alimentos, que regalan comida a cambio de música, o que simplemente donan frutas y verduras, machucadas o maduras, cuando uno sale a hacer ese reciclaje.
El mercado 10 de agosto ocupa una manzana entera y se expande hacia afuera como en ondas: lo rodean todo tipo de comercios establecidos, puestos y vendedores ambulantes. Cuando uno entra lo primero que ve son puestos efímeros —una tabla, unos cajones: palta, guineo, cebolla, zanahoria—. A la izquierda, una hilera de “abacerías” ofrece todo tipo de productos de almacén. Bolsones de maíz, habas y porotos, variedades de arroz y una lista que sigue se venden sueltos y a buen precio.
Me llama la atención la música y al pasar la tienda de cd´s y todo-digital-pirata veo el altar. Cristo, con su corazón afuera, báculo de metal, capa rosada de lujo plebeyo y un desconcertante globo terráqueo en la mano derecha, lo preside desde lo alto. Hay un arreglo floral rojo, blanco y verde que sube seis escalones y cuarenta y cuatro sillas negras apiladas para celebrar la “hora santa” a las tres de la tarde. El DJ tiene una laptop, una mezcladora y tres parlantes por los que suenan Aguilar y su Orquesta como para que se escuche desde cada rincón.
Hoy no están ellas. Ellas son las mujeres que hacen limpias y curan el espanto, el mal de ojo y el mal de aire bajo las escaleras mecánicas quietas, contradictorias. Ellas, que agitan ramos de hierbas medicinales sobre la persona a curar, que esperan al próximo paciente en sus banquitos, que charlan con la mirada abierta bajo la escalera, ellas no están hoy.
Todavía en el primer piso, cruzo la extensa sección de carnes. Pollo, chancho, ovejas, vacas, todo se come. Todo se come: uno ve patas y pezuñas, lenguas y cueros, hígados, pulpas, pechugas, filetes, salchichas, chorizos, calamares, camarones, truchas, todo se come. Nada se refrigera, pero.
Más hacia el fondo, justo donde empieza la sección de ropas, subo la escalera y me decido a tomar un batido de zanahoria. No sé por qué elegí zanahoria pero acá estoy: puesto 532, que no tiene otro nombre y sirve Desayuno Continental y Austral, chocolate, café puro, café con leche, morochos, aguas aromáticas, mote pillo, tigrillos, tamales, humitas, empanadas, jugos y batidos de naranja, remolacha, zanahoria, toronja, manzana, tomate, mora, frutilla, melón, papaya, piña, borojo, coco, guineo... SE CORTA LA LUZ —gritan eee, el silencio amplificado deja escuchar voces como murmullos, el revoloteo de una paloma, unos pasos que vienen hacia acá. VUELVE LA LUZ: ... hay tostadas de queso o jamón, mixtas, quimbolitos, bolones de queso o chicharrón y maltas de huevos de gansa y avestruz.
Sigamos. A la vuelta están los hornados: seis puestos que venden cerdos con la cabeza yaciente saludando al cliente que los comerá. Un mendigo, un excéntrico chaplinesco, tira pan a las palomas y se lleva la bebida de una cliente escaleras abajo.
— Venga mi bonita, ¿qué le sirvo? Hay secos de pollo, de carne, sopa de cebada...
El área de comedores es un pasillo largo, unos cien metros con dos hileras de ofertas. Comerás sopa y segundo por 1,50 o ceviches, encebollados u otros platos especiales por unos dólares más.
Al fondo unos diez puestos forman el área de “Montes Medicinales y Plantas”. Un local ofrece hierbas de Costa, Sierra y Oriente, “remedios para toda clase de enfermedad conocida y desconocida”. Los demás puestos incluyen entre su oferta al cactus alucinógeno conocido como San Pedro o Wachuma.
— ¿Cuántos tipos de papa tiene?, pregunta una chica con acento gringo a la señora que solo vende papas y responde cuatro, aunque pareciera que tiene más. La rodean puestos de fruta y verdura con todo lo imaginable: incluyendo zapotillo o rambután, una fruta roja, chica y con hebras como si fueran pelos. La partís y adentro es rara: blanca, gomosa, dulce; dice la seño que viene de Colombia esta fruta.
Bajo y guardo la libreta. Me llevo papas, zanahoria, dos libras de avena, un racimo de guineo y un buen baño en el crisol de culturas que es el mercado.

 Publicado por El Acontecer Diario


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