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Esto es Nabón, setentaiún quilómetros al sur de Cuenca. Esto es el sur de los andes ecuatorianos: pintados de verde por la imaginación agrícola, que planta y cosecha en diagonal; con pinceladas de un amarillo frío tras la nube que es puerta del páramo; los andes rojos, negros, verdes y violetas en las faldas bordadas de las mujeres indígenas.
| 18/06/2015
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Con Gise en Nabón

Esta es la plaza de Nabón: árboles podados por un cubista desprolijo, una glorieta, una fuente apagada y un sol que calienta las gotitas de llovizna. Frente a la plaza nos sentamos a comer tortillas de trigo con queso. No son las tortillas de papa de mi abuela Ramona, de herencia española, imposiblemente ricas. Son una versión andina, propia de la sierra ecuatoriana: una masa que varía según el gusto –de trigo o maíz, de plátano verde o maduro, de yuca- rellena con abundante queso y preparada en tiestos de barro.
Vinimos a Nabón como payasos. Cuando salimos encontramos un público de ochenta niños, de familias campesinas y miradas abiertas. Ni bien empezamos entra una música equivocada -Sabotage, de los Beastie Boys- y la distorsión asusta a los más chicos. Hay que asumir el problema y seguir, lo mejor que puede pasarle a un payaso es que algo salga mal: caer en el ridículo y fracasar. Nos miramos con Giselle, una colega argentina, y jugamos en el mareo: yo la hipnotizo, ella me persigue, denuncio a un policía por no socorrerme, me escondo en el baño, ella se muere y la revivimos junto al público. Cuando todo termina nos merecemos otra tortilla, para celebrar y reponer energías.

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Esto es Cuenca, otra vez en casa. Suena Galemire y recuerdo el ajetreo de la semana pasada. Entre visitas al centro de salud y ensayos para las delicias de Nabón, correr para llegar en hora al taller de bufones.
Bucear allí, ser otro yo, entrar en mis sombras. Deformar el cuerpo con prótesis de culo y panza para encontrar a Ernestina, la elegante onnagata. Salir a cortar la tormenta con sal, con un cuchillo y las palabras justas; tratar de retener palabras mojadas en una rayuela de Cortázar:
“Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina.”
En este taller buscamos al bufón, perseguimos verdades para darles la vuelta y mostrar su otra cara. El bufón presenta un espejo roto ante la sociedad y dice “esto son ustedes”. Entonces, justo antes de que el rey le corte la cabeza, se disculpa y ofrece el cuello, tan hipócrita como socarrón.

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Esto es Quito, otra vez en la capital. Salimos apurados del taller de bufón y cerramos ese mismo viernes, madrugado para llegar a Nabón, sobre un bus oscuro rumbo a Quito. Pasan ocho horas en un bondi frío e incómodo; casi no duermo. Al amanecer la ventanilla presenta dos volcanes en su hora despejada.
En Quito suben las clavas, los diábolos, los aros, los palos del diablo. La compañía Circómico organiza un encuentro de malabares y la familia circense se junta. Yo soy un pariente lejano, que dos por tres aparece. Esta vez llego invitado a dar un taller y actuar como payaso, esta vez mis amigos Paula y Diego organizan el encuentro con una prolijidad brillante.
La tarde de competencias está por terminar. Diego anuncia el broche de oro: la mejor rutina de semáforo. Toma el micrófono y hace ruidos de calle: cruzan autos, motos, el heladero y la ambulancia por el semáforo verde; cuando pasa al rojo los artistas callejeros entran a lucirse. Son unos quince los que se presentan y se someten al aplausómetro. Unos quince trabajadores detallistas, entrenados, presentando sus mejores rutinas del faro.
Yo me quedo con el colombiano de la rutina de contact, que se sacaba un rulo imaginario, lo ataba a la bola de cristal y la movía a voluntad por su cuerpo; pero la mayoría aplaude a rabiar al flaco de los aros. Un atleta, moviendo siete aros en simultáneo con una gracia de gimnasta olímpico.
La semana termina sin el descanso divino, sin ese séptimo día. Mejor así: en escena, con caricias llegadas justo a tiempo, buceando a ver si en una de esas nos tiramos en aquellos ríos.

 Publicado por El Acontecer Diario


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