Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Es volver, y volver transformado. Empezar con bajada nunca está de más. Desde el turístico y placentero Baños de Agua Santa -ríos, riscos, cascadas, túneles abajo- ruedo rápido hacia el oriente, hacia una ciudad que anuncia selva: el Puyo.
| 28/05/2015

Pero antes de bajar, el viento abriendo la sonrisa a velocidades altas, me separé de la barra amiga. De estos cuatro uruguayos y aquellas dos chilenas, encontrados en el azar andariego y que trajeron tanta amistad. Felipe, Iván, Leandro, Agustín, Stephanie y María José; o más de entrecasa: el Feli, el Cabe, el Peludo, Caskito, Stefi y la Cote. Gente linda y compañera, de risas compartidas y algún roce, de comer y beber para celebrar la vida. De trabajar juntos con la música y con el teatro en las escuelas, de pasar frío en las alturas lluviosas y compartir el agua de coco, bajo las palmeras de una playa en el paraíso.
Esa banda amiga que extrañaré siguió hacia Colombia mientras yo volvía a la bicicleta. Empujando los pedales de una transmisión jodida y que necesita recambio, crucé kilómetros de selva y mariposas, tierra de enormes hojas verdes, de caña dulce para mascar atravesando ríos torrentosos que bajan hacia el Amazonas.
Acá y allá las casas pobres de la gente del campo. Levantadas del suelo para que no se llenen de agua, casas de tablones y techos de chapa o palma, descoloridas por los aguaceros que -por suerte- me perdonan el día. Voy andando y leyendo carteles que anuncian que este es territorio de los shuar, uno de los pueblos indígenas más rebeldes y ariscos ante el conquistador. Me sorprendo y pedaleo mi ignorancia.
Cae la tarde y empiezan a pesar los setenta y pico kilómetros de pedaleo. Paro en el pueblo de San Carlos y termino de leer el Homenaje a Cataluña, de George Orwell. El mundo tan lejano de la guerra civil española se desvanece y San Carlos sigue vacío. Tendría un lugar para acampar al resguardo de la lluvia pero estaría demasiado solo, junto a este perro marrón que no para de ladrarme. Me voy.
Estoy mirando las casas al lado de la ruta, pero todavía no me animo. Veo los quinchos abiertos -señal de una vida al aire libre- las plantas de yuca, los plátanos, las palmeras, los niños chiquitos que me miran fijo. Me propongo preguntar una vez que termine este repecho.
Entonces cruzo al otro lado de la ruta, estaciono la bici y los perros de la casa ya me están ladrando. Pipol y Huachico por suerte están atados y Esther se separa de las brasas para ver qué dice este gringo. La madre y sus dos hijos me miran desconfiando mientras pido permiso y voy empujando mi timidez hacia dentro del terreno. Ahora sale Germán desde la puerta de la cocina y me mira fijo. Le explico y le pido. Hablando hay algo que se ablanda, unos cerrojos que se corren; hay una bici que entra en la casa y una familia que me acoge.
Nos contamos historias para conocernos. Comemos juntos la comida que ellos ofrecen y la verdad es que hace tiempo que yo no comía tanta carne: de entrada dos platos de sopa con presas generosas y después, ante mi sorpresa, una carne a las brasas que Esther va asando mientras oscurece. Sube la luna y me baño al aire libre en una lagunita junto a la casa. Toco el tambor y canto algo, mientras la familia va conversando conmigo en español y entre ellos en shuar.
Me suena tan extraña esta lengua, mucho más rara que el lejano inglés, que el distante ruso, que el francés o el italiano que han quedado cerca por esas violencias de la historia humana. Algunas palabras me salpican: entre el torrente de idioma nativo que desconozco aparecen “bicicleta”, “energía”, “enchufe” y otras en español. Palabras prestadas desde otro mundo.
A la mañana los pájaros cantan y los perros se van con Germán a pastorear el ganado. Los patos tratan de picotearme el desayuno mientras Esther desgrana maíz p ara alimentar a los pollos y gallinas. El gallo pisotea y se pone al frente.
La bici pronta y la ruta me esperan. Me despido de la familia con el corazón lleno y me voy con dos deseos de buen viaje. En unos días estaré en Cuenca; volveré al misterio del teatro y de esa máscara roja y chiquita que hace tiempo me fascina. Mientras pedaleaba, lo vi y lo escribí:
Una hoja amarilla / iba cayendo. /Ahora vuela mariposa.

 Publicado por El Acontecer Diario


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