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Ese olor a fogón que ya no tengo. Que salía de mi cuerpo, de mis varias capas de ropa y me seguía adonde fuera. Ese olor, que vino de fuegos necesarios al pie de volcanes fríos, fue demasiado en sociedad.
| 14/05/2015
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Para llegar al Cotopaxi los seis nos levantamos a las seis de la mañana. Agustín, que pelea el título de más dormilón de la barra, era el encargado de poner el despertador. Cuando sonó, la melodía era de esas que despierta poco. Abrí los ojos y para no volver a dormir dije lo primero que se me ocurrió: que escucháramos un tema de Sonido Cotopaxi.
Tomamos un bus, dos buses y quedamos en la ruta. Varias camionetas tocaban bocina pero no hacíamos caso, sabiendo que nos cobrarían como a turistas. Caminamos: habían niños en la escuela, chanchos en el baldío, autos y camiones en la ruta. A algunos de ellos les hicimos dedo.
Cuando la camioneta de los raperos paró subimos seis personas, seis mochilas y bastante leña. Adentro la gente bebía de un cuentagotas verde -caña con cannabis- y fumaban de lo lindo. Atrás teníamos el estruje, la niebla y el tembleque. Después el páramo, pasar-la-nube y seguir subiendo. Ahora bajar a primera para esta curva tan empinada, andar otro poco y llegar al estacionamiento. Abajo hace un frío de 4500 metros sobre el nivel del mar y cuando los raperos salen de su aire acondicionado tiemblan, se sacuden, putean, vuelven a meterse.
El mapa dice que el Cotopaxi es el volcán activo más alto del mundo, pero en el estacionamiento un cartel frío dice que es el segundo. Sacudamos las piernas dormidas y caminemos hacia el glaciar. A unos trescientos metros el refugio José Ribas nos espera, y que espere nomás porque nos falta el aire y en esta cuesta arenosa vamos despacio.
No me acuerdo si desde el refugio se veía el páramo despejado, pero pongamos que sí. Pongamos que se veía ese valle árido, amarillo o verde apagado, regado por la lava que dos por tres riega, pero al revés: quemándolo todo. La lava baja por esos tajos en la montaña, oscuros y rojizos; más allá hay otros valles y otros cerros, como el Rumiñahui, marrón de piedra puntiaguda.
Una pareja de europeos se pone protector solar y pregunta al guía qué se ve tras la próxima caminata de treinta minutos. El guía responde -nieve- al reparo mientras cae una lluvia de hielitos. Nos mojamos de hielo y subimos; la nube empieza a correrse. Eso quiere decir que la inmensa cima, blanca de nieves eternas, bañada ahora por el sol se empieza a ver. Eso es el color blanco.
La nieve nos hace niños: los gurises hacen pelotitas y se las tiran, cantamos la canción que nos madrugó -“que no queden huellas, que no, que no, que no queden huellas”- y descansamos. Estamos a cinco mil metros de altura y el sol nos regala un calor inesperado. Hacia arriba quedan novecientos metros que solo se suben con mucho tiempo y equipo de alta montaña.
Son esos momentos en los que uno no resiste el instinto instantáneo de la época y va foto. Cuando el grupo está completo somos once sumando asombros y compartiendo un porro que nos deja estupefactos ante el volcán completamente despejado.
Pasaron las horas y llegó más frío. Tras un rato largo Leandro consiguió prender el fuego y cocinamos, nos calentamos, nos empezamos a llenar de humo. Un agua de panela con jengibre y caña gira rápido para remediar el frío. Cuando sale el guiso sabe rico, sabe apagar el hambre y acostar un cansancio feliz.
Ahora que mi cuerpo ya no huele a humo, veo a las palomas volar sobre las tejas del centro histórico quiteño y disfruto el olor que demorará en irse de esta campera a cuadros. Que suerte no tener suavizante.

 Publicado por El Acontecer Diario


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