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Salgo, más que nada por salir. Quedarse siempre trae el riesgo de no encontrar más que el regocijo de la comodidad. Entonces salgo. Sé que me voy a aprovechar de la caminata: guardo la cámara de fotos, el cuaderno verde y la lapicera y ya estoy afuera.
| 29/04/2015
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Quito. Foto: Leandro Martínez

Recién salido la calle me interpela; al bajar las escaleras yace, como caído en el mundo -pero esta vez no metafóricamente, como en el decir de los filósofos, sino visiblemente tirado en el suelo-, un cuerpo humano. Lo esquivo; un moco le asoma en las narices, atrás queda la escalera y más atrás la cúpula de azulejos verdes de la iglesia de Santo Domingo.
Pasó el riesgo, aquel regocijo no será posible. Frente a ese cuerpo caído en la ciudad, posando detonado en zona de postales, confirmo el axioma y sigo andando. La calle baja y dobla hasta llegar a la parada del “trole”: un gesto moderno en el centro histórico de Quito. De paredes de vidrio, wi-fi libre y logos para cada estación, el sistema de tranvías se luce. Vale cuatro veces menos que moverse en Montevideo y, aunque suele ir lleno, parece mejor planificado. Ahora pasa el tranvía: rombos de colores de un transporte público que no arrastra propagandas siguen calle arriba.
Sigo bajando. Que andar sea casi siempre subir o bajar es una marca de las ciudades andinas y los recuerdos afloran. Nuestras mentes se entretienen buscando parecidos: recién llegados con mis amigos uruguayos nos sorprendía el aire colonial y bromeábamos de haber vuelto a Cuzco; ahora me parece que aquel empedrado en bajada viene trasplantado desde La Paz. Pero no, estamos en Quito: capital del Ecuador a sus 2800 metros de altura, construida en valles y laderas, rodeada de volcanes como el Pichincha y el Cotopaxi.
Esta primera tentación deja la información atrás. Es mediodía y el almuerzo a dólar cincuenta -tres opciones de sopa y arroz con camarones de plato principal- me llama. Llama pero no atiendo: el diseño hedonista de esta caminata lo sabe, más tarde llegarán otros placeres.
Ahora aparece una plaza y un pasaje coqueto hacia la izquierda. Al fondo se levanta, imperturbable y neoclásico, un palacio armado. Blanco y amarillo, con delicadezas varias -vitrales, escudos, soles y cóndores-, el edificio del Ministerio de Defensa Nacional se impone. Me siento a verlo y me atrae, más acá, una curiosa fila de cincuenta árboles muy podados. Como si salieran del cuaderno de un niño dibujando a desgano: un palito marrón bajo una bola, algo aplastada, de color verde oscuro.
Acá no pasa nada. O sí, la nada de afuera es el llamado de adentro: empiezo a tener hambre y pregunto cómo llegar a un mercado. Dicen que no hay uno cerca y me indican cómo ir -bus o trole mediante- hasta el Mercado Central. Ahora la ciudad es un tramo a recorrer, suspendo el paseo y me encamino. Pero el recorrido salpica: en un muro color crema con vidrios para cortarte si intentás pasar, alguien grafiteó: “Bienaventurados los locos porque de ellos será el reino de lo...” y no alcanzó a escribir el final, o quiso lo indeterminado.
Siguiendo -mal- las indicaciones hacia la parada, desemboco en un entrevero de avenidas. Justo en el medio hay un edificio alto, ocho cilindros enormes en dos hileras de cuatro y arriba una casita alargada con techo de dos aguas. Vuelvo a pensar en parecidos y como duraznense asocio enseguida con el Molino Caorsi, con aquel Molino que imaginamos: los cilindros ya no blancos sino puro colores jugando. Como acá, en medio del gris y la bulla del transporte, una invitación a jugar, a jugártela.
El bus que finalmente me lleva al mercado es viejo, nada que ver con el esplendor de los troles, pero me seducen sus cortinitas amarillas, como pequeños telones. Bajo y una rampa me mete en el Mercado Central. Cartelería coqueta: flores, frutas, mariscos..., publicidad de papá Estado que manda “Aliméntate Ecuador” con una familia blanca haciendo picnic en un campo de hortalizas gigantes.
Todo eso es accesorio: lo que importa es que ahí está el puesto de Corvinas Gloria. Olvido el presupuesto pagando cinco dólares y me preparo para el festín: a la izquierda el ceviche mixto de mariscos, a la derecha una porción abundante de corvina, detrás hay ají, pororó y un limón en dos mitades.
Cuando me estoy yendo del Mercado siento los ecos. El calor del ají arriba en la garganta, el tono ácido y verde del limón bajo la lengua y el gusto a mar dando vueltas. El cielo propone una lluvia que no se largará y yo vuelvo a caminar, satisfecho y preparado para ver qué pasa.

 Publicado por El Acontecer Diario


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