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Mompiche duerme, o casi. La marea sube y se oye cómo el oleaje se desparrama contra la arena. Un grillo lleva una clave azarosa, cuando pasan el cumpleañero Felipe y Stephanie. la chilena que ríe: - Estai para la foto ahí, hermano.
| 18/04/2015
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Foto: Leandro Martinez

Ahora se apaga el ruido del motor y se escucha una música tenue dentro del bar cerrado y con muros pintados. Suenan pájaros, un perro, un gallo y el grillo con su clave.
Hay mosquitos tratando de llevarse un poco de mi sangre, picándome, llevándosela nomás. El gallo insiste, insiste y las luces y sombras de esta calle arenosa se repliegan en su mansedumbre tropical. Son las 2:32 y la noche en este pueblo de la costa norte del Ecuador no quiere irse a dormir.
Hay que escribirlo, pero ¿cómo fue que la sobremesa de pollo con tuco se convirtió en concierto en el camping -diez viajeros de público, bailarines de a ratos, cómplices ávidos de fiesta en esta tranquila noche de Mompiche en jueves fuera de temporada?
Paro de escribir y entro al camping a buscar los espirales; la historia puede esperar y yo tengo que hacer algo con estos bichos. Leandro, Felipe y Leo conversan acostados en las hamacas. Los espirales no aparecen y me resigno a que los mosquitos me coman en su salsa. Se arma alboroto: tres perros se la agarran con este grandote manso que viene a echarse a mi lado.
Quedan los ecos. Estas ganas de no irse a dormir, el cuerpo todavía demasiado vivo, la música resonando en la carne. La cosa fue más o menos así: pasaron las doce y empezamos a festejar el cumpleaños de Felipe. Cantando el feliz cumpleaños alguien pidió que el peludo trajera el güiro y la hiciera cumbia. Ese fue el arranque. Ahí nomás enganchamos con dos plenas de la Karibe que habíamos practicado más temprano -“La Piscina” y “Abre la Puerta”- y la cosa se empezó a picar.
Llegó una muchacha vestida de blanco “a escuchar la música” y cuando estábamos tocando “La Zenaida” giré la cabeza y vi el patio poblado. La cumbia colombiana sonaba rica y convocaba: un par de chicas argentinas -de esas que a uno lo desconcentran del tambor- resaltaban entre el resto.
- ¿Saben “Colegiala”?, preguntó la primera en llegar.
Veníamos de sacarla un par de días atrás y la arrancamos camuflada para después explotar con la melodía en el trombón. La música salía mejor que nunca. Improvisamos el repertorio que ya conocemos, jugando con la del abuelo y “Oye cómo va”. Cinco amigos uruguayos prendidos en lo suyo: Caskito al trombón, Leandro en el güiro, Felipe en guitarra, el Cabe y yo con los djembes; todos encendidos festejando el cumpleaños y ardiendo en la música.
En una me cambio de lugar para escuchar mejor a la guitarra -o para ver a las argentinas, no me acuerdo- y veo a esa pareja llegando. La pareja nos deja terminar la canción y arremeten.
- Prohibido, está prohibido. Ya disfrutaron bastante.
El hombre de ropas negras se mete entre medio nuestro y procede, prohíbe. Su compañero, un joven negro, bajo y fornido, de chaleco fosforescente con las letras POLICÍA, carga una metralleta que le da el toque absurdo a la escena. Les digo lo que quieren escuchar -que no vamos a tocar más, que no van a tener que volver, que se vayan tranquilos. Llega el bajón en plena fiesta, ¿y ahora?
Alguien sugiere que vayamos a la playa, pero otros avisan que hay perros bravos. Bravos del tipo que no se amedrenta con piedras, que habría que llevar palos, dicen. Cuesta salir, pero al final la tropa marcha hacia la playa. La policía, que merodeaba y retaba a unos jóvenes -que los van a echar del trabajo mañana si se acuestan tan tarde- no nos ve cruzar el pueblito y meternos entre los barcos de pescadores en la playa.
La canción de Totó es obligada: va subiendo la corriente, con chinchorro y atarraya... Con el calor del tamborileo me tiro al mar, para enterarme al salir que tuve suerte de que no me picaran “esos “bagres” que a uno lo pinchan y lo dejan ahí adormilao, sin poder caminar, unos quince minutos por lo menos”. Como la fuente es un joven pescador que se sumó al vernos pasar, creo y no desconfío.
Se arma bailongo en la orilla al son de “Cariñito” y las olas nos bañan los pies. En el repertorio va quedando Marley, que suena suave en aquel reggae que pregunta si esto es amor. Suficiente, nos volvemos y siento que es ahora. Ahora siempre. Ahora las olas y el gallo, ahora rascarme la espalda, ahora contar esta historia, poner punto e irme a dormir feliz.

 Publicado por El Acontecer Diario


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