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Era enero de 2012 y yo estaba enamorado. Era enero de 2012 y un jeep celeste llevaba mi bicicleta nueva hasta Punta Colorada. Era enero de 2012 y me despedía de los viejos -de papá y mamá- para salir en mi primer viaje en bici.
| 11/04/2015
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El amor es lo que mueve y yo amaba moverme en aquella bicicleta y amaba a Clarisa, que estaba del otro lado, en Arachania. Viajar era toda una aventura romántica. El plan era, igual que ahora, seguir la costa. Atreverme a cruzar la ruta 10 más allá de Punta del Este, más allá de José Ignacio, pasando la laguna Garzón y pedaleando hasta la Laguna de Rocha -ese lugar hermoso del que nadie sabía nada. Varios me decían que no podría cruzar, porque de tanto en tanto la laguna se junta con el océano. Pero se les notaba que lo decían sin tenerlo tan claro y eso me envalentonaba cada vez más.
Y salí. Con la mochila de siempre atada con pulpos a la parrilla de la bicicleta. Con un racimo de bananas para el camino y poco más que un poco de ropa, salí. Bajé la pendiente y el mar se abrió hermoso en la ruta que va hacia Punta Negra; pedaleé y seguí más allá para encontrarme con la ruta Interbalnearia. “La inter” fue ruido, carretera lisita, propagandas de lujos puntaesteños -perfumes que nunca, hoteles que nunca, espejismos del placer.
Antes de encararla me preparé. Supe al verla que la cuesta de Punta Ballena sería dura y me clavé el disco del TOTEM en las orejas: ese beat candombeado me empujó hacia arriba, pedal a pedal entre las mansiones, los resorts en construcción y cuando quise acordar una bajada me dejaba en la playa de Maldonado. Y cuando quise acordar llegaba mi amiga Moncha y nos tirábamos al agua, almorzábamos riquísimo en su casa y de repente el padre de Moncha me tomaba como portaestandarte de urgencia para La Generación Lubola en San Carlos.
Hubo que seguir: pasar el montaje bullicioso de La Barra, esquivar el embotellamiento de los ricos yéndose de la playa y entrar en ese espacio de casonas y mansedumbre que lleva hacia José Ignacio. Esa noche fue la primera vez que dormí en la playa, así como ayer fue la última hasta ahora: las estrellas arriba y uno acostado entre barcos de los pescadores de San Lorenzo.
Al otro día entré en la sombra de un pequeño mundo. La casilla de guardavidas mansos dejaba ver una playa poco concurrida en el borde de José Ignacio. Cuando el sol aflojó seguí y me dejé afanar en una ´pulpería´ de lujo, donde tomates, panes y fiambre para el refuerzo de la noche me salieron chiquicientos pesos uruguayos. Me fui con el dolor en los bolsillos y los ojos grandotes ante la luna naranja que subía enorme sobre las cometas de los surfistas en la laguna Garzón. Crucé en la última balsa y el cielo no le aflojaba con el espectáculo. En vez de sentarme como buen espectador, me fui a buscar un lugar donde poner la carpa, metiéndome en el monte. Aquella noche las hormigas me comieron la comida que había dejado para el desayuno -pero afuera de la carpa- y yo puteé y aprendí algo.
Ahora sopla el viento mientras escribo en esta playa en Manta y siguen llegando los recuerdos. Llegan otro viento y otro calor, junto a aquel sol sofocante y la soledad que encontré entre los pozos del camino. Pedaleando por ese campo raro hacia la laguna de Rocha odié la propiedad privada y a los estancieros que no me dejaban bajar hacia la playa y refrescarme, durante veinte o treinta kilómetros.
Casi cerca del final subí un repecho junto a dos niños franceses y vi la laguna de Rocha. Vi sus playas, su enormidad, sus cangrejos y sus aves; vi que la laguna daba paso. Crucé la laguna fascinado y el aire de la bajada no borró la sonrisa de acercarme a aquel beso, a aquel abrazo de amores.
Viajando por esta otra ruta del sol en la costa ecuatoriana he recordado ya varias veces aquel primer viaje. Añorando una mujer hermosa para abrazar al llegar a destino, gozando otra vez con el viento del mar en la cara.
Los atardeceres siguen haciendo su trabajo y la ruta no para de dar sorpresas. El pueblo de pescadores da paso al bosque tropical -con plátanos, coco y cañaverales enormes-, para luego entrar en un bosque seco de algarrobos, ceibas y palos santos.
Alguien se sorprende, alguien pregunta, alguien encuentra. Alguien se da cuenta que todavía el amor es lo que mueve.

 Publicado por El Acontecer Diario


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