Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Para llegar a esta historia me fui de Cuenca, subí mil metros de altura e hice dedo. Crucé un trópico de bananas, cacao, coco, caña y arroz y me tomé un bus para llegar a Guayaquil. La ciudad resultó grande, cara, sucia y decidí avanzar hacia la playa, hacia esta historia.
| 28/03/2015

Entré la bici por el pasillo estrecho y vi tres mesas. En el fondo del cuerpo de bomberos de Playas General Villamil había unas quince personas, el del fondo era el jefe. Un poco tímido, como siempre que me toca pedir, me acerqué y le hablé. “¿Mande?” –contestó– y le repetí fuerte y claro, mi señor, que vengo desde Uruguay en bicicleta y que muchas veces pido hospedaje a los bomberos y que ellos, ustedes, tantas veces acceden, tan generosos que son. Como si diera lo mismo me dijo que podía pasar la noche ahí y volvió al juego.

Él tenía un dólar sobre la mesa, el caballero a su izquierda unas siete u ocho monedas, doradas y plateadas, contando unos cinco dólares. Los otros dos jugadores estaban pelados. El jefe repartió la próxima ronda.

Al otro lado estaba la mesa más animada: las cartas se tiraban fuerte contra la mesa, la única mujer era de la partida, un hombre me preguntaba si yo jugaba y otro le sugería a su amigo de la mesa del medio que yo soy de los que le gustan, flaco, alto y jajaja.

Dejé la bici y me fui al atardecer en la arena. Todavía tenía esperanzas de encontrar a Jean Philippe y Vanessa, amigos de hace rato que habían dicho que estaban por acá. Encontré un cielo naranja, un océano pacífico, su marea subiendo, muchos barcos de cara al mar y uno vendiendo pescado. Encontré mosquitos y dos jóvenes de Guayaquil fumando, compartimos el humo, algunas palabras y seguí. Andando sin lentes el mundo era más fascinante: el placer miope de las luces nocturnas desenfocadas. Volví a los bomberos a buscar agua y dejar el bolso; vi a un hombre sin camisa llegar con una botella de whisky y decidí que era mejor no dejar el bolso.

A la vuelta de la esquina varios hombres jugaban vóleibol. Me senté en las gradas y miré el partido un rato. A mi izquierda un hombre gordo, negro y elegante dictaminaba:

- ¡Qué inútil, eres un inútil!
Y el sargento, el inútil, error tras error, contestaba sin mirar:
- Me parece que ha hablado un gorila…

Yo tenía antojo de encebollado –una sopa de pescado, yuca, maíz y, claro, bastante cebolla- pero no encontré. Entonces tomé sopa y de plato principal pescado asado con una ración enorme de arroz y frejoles.

En los bomberos seguían jugando y yo ya me había declarado knock out. Pregunté donde dormiría y me dijeron “arriba”. Arriba había luz, una televisión prendida y dos hombres en la computadora. Cuando empecé a inflar el colchón bajo la tele, alguien se compadeció y me dijo que pasara al dormitorio. Me mudé y seguí inflando el colchón mientras el capitán subía el volumen en su parlante portátil. Me acosté y llegó alguien que quería escuchar otra música, después se fueron y me animé a pausar el aparato y apagar la luz.
Enseguida llegó el capitán y restauró la situación. Yo me empecé a dormir entre el barullo y las luces y entonces se fueron con la luz y la música a otra parte.

Desperté a eso de las 6 y me levanté a eso de las 7. Intentando escabullirme hacia la cocina para cocinar mi avena vi que alguien dormía en la cocina. Cuando se levantó usaba un bastón, un pijama a cuadros, la piel y la lentitud de un hombre viejo.

Todo el rato fue como si yo no existiera frente a ellos. Me pregunto cómo me sentiría si esto me pasara en Uruguay, si denunciaría, si protestaría, si… qué. No hay cartel afuera, pero en los bomberos de Playas General Villamil: hoy juega.

 Publicado por El Acontecer Diario


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