Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Las flores dando vueltas en la cabeza, cierro la puerta y siento una música algo psicodélica llegando desde la obra. Los de la constru, sin cascos ni las básicas, hacen sonar una radio con música entre andina y tailandesa, licuada con sabores electrónicos.
| 20/03/2015
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La bici está ahí, bajo la ventana. Bajo la escalera y salgo a la calle. Cuenca es una ciudad colonial: el empedrado ahí está. Tembleque continuo, el adoquín será lindo para la postal o bajo los neumáticos motorizados pero en la bicicleta frena y sacude, prefiero lisito.
Sin saber qué rumbo tomar la bici elige sola: a la izquierda hasta la Huayna Cápac para después bajar por esa avenida, pasar el museo Pumapungo y cruzar el puente. Tras la rotonda aparece la calle de las herrerías, el destino que la bici y la gula eligieron solas. Hay hombres golpeando hierros, calentándolos, repensándolos de a varios. Hay ollas tentadoras, grandes y sabrosas al frente de esos otros negocios que invitan al hedonismo.
Esta vez no cedo ante los primeros puestos y sigo dos cuadras por el tembleque de la calle de las herrerías. Más allá se abre un espacio público con una escultura negra saliendo de la tierra y un cartel que anuncia el Museo de las Artes del Fuego. Hasta ahí llega la descripción porque ya empieza a llover fuerte y pongo reversa hacia el placer de un techo, un café, tamales, humitas, quimbolitos.
- El tamalito, ¿lo quiere de puerco o de pollo?
Mama Aida se vuelve hacia la olla y trae esta delicia envuelta en una gran hoja de plátano. Está húmedo y calentito. Lo abro y los colores ya saben; amarillo del choclo molido, tiras rojas de morrón, el blanco del huevo y algunos trozos de carne de chancho rematando la composición planista. El tamal, que probé por primera vez en el norte argentino, es una comida ancestral en nuestramérica, típica de las culturas del maíz. El tamal, que saboreo mientras la lluvia arrecia en un chaparrón digno de esta temporada lluviosa -de este ´invierno´ andino- me lleva a otro lugar.
Ese otro lugar es un tinto y una humita. El tinto sale humeante y negro, bien negro, del termo hacia la taza y la humita se envuelve: más insinuante que el tamal, dulce es ella. La chala que la cubre deja ver -y mordisquear- el borde. Hay varios animales trabajados en metal en las paredes: gallinas, llamas, ciervos y tantos candelabros que no importan nada frente al sabor de la humita, ese beso delicioso y la lluvia sobre el empedrado, ese beso y que reviente todo.
Llamo a la seño y le pago dos monedas: una de un dólar y otra de diez centavos. Las dos engañan “in god we trust” en este Ecuador con moneda adoptada. Antes de irme cumplo con el sufrido deber de experimentar y me clavo un quimbolito. Para no perder la línea desenvolvemos una hoja medianamente grande y encontramos un postrecito pariente del bizcochuelo regado con pocas pasas de uva.
Suficiente. A pedalear. Llueve un poco y en cuesta arriba la panza llena no parece tan buena idea. Soy un cuerpo, viste. La Huayna Cápac me devuelve a la urbe, buses, ruido, abrir los ojos, y ahí nomás el Pumapungo: un museo de arqueología, etnografía y pintura frente a los restos incaicos del templo del Sol y la casa de sus vírgenes.
Salones. Uno pintura de flores bobas, dos muestra de fotos del carnaval cuencano y tres visita guiada al salón de etnografía, con unas máscaras y danzantes que dan ganas de recorrer todas las celebraciones con tradición popular, que ninguna falte.
La bici elige ahora la ciclovía que bordea el río, barrosa, charqueada. Tan disfuncional como preciosa, no la elegiría en el apuro pero el río me mece camino abajo. De a poco me dejo manchar por las gotas de barro y el naranja de esas flores que sobresalen de entre el verde.
Cruzo un puente, subo un repecho volviendo al empedrado y al doblar frente a la Iglesia de Todos los Santos se me cuelan unas mayúsculas devotas. Sigo y más allá hay gente y policías, claramente distinguibles. Los primeros llevan banderas rojas y cantan consignas contra el gobierno de Rafael Correa, los segundos tienen un helicóptero sobrevolando la ciudad.
Entro a un taller y dejo la bici para que le pongan la palanca de cambios que faltaba. Después de conversar me bajan algunos dólares el precio y me vuelvo caminando al hostal, donde la cama está calentita y Caetano canta.

 Publicado por El Acontecer Diario


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