Noticias Tuyas, estés donde estés | Durazno, Uruguay
Me siento. Una cabaña de paja y caña me techa. Afuera el río bajando y los pájaros subiendo. El nombre que queda más cerca es floodplain: cada tanto el río se olvida de sus bordes, se propasa y se ensancha sobre estos pastos ideales para acampar. Con una palabra te lo escriben, económicos en inglés: floodplain. El río que baja es el Chamba y las palabras que siguen son Rumi Wilco, nombre quechua de piedra y árbol para este monte en la sierra sur de Ecuador.
| 06/03/2015

Es jueves 5 de marzo y hace casi un año que salí de viaje. Lo nuestro es pasar; de andar solo a ser cruce, tropa, siete. Un abuso de patria, mate y gurises en cinco uruguayos varones y dulzura por donde quiera en dos chilenas, maestras, viajeras.
La palabra hasta me llama. Se junta al cuándo y al dónde, insiste desde casa y en los encuentros con viajeros, con locales. La palabra hasta insiste con un límite que no asoma. Hasta luego palabra hasta, nos vemos al rato.

Fue en Loja que llegó la pregunta. Sandra me invitó a cocinar y preparé un guiso que ella perfeccionó con cerveza, calamares, coco rayado, comino y más sal: el que tenga lengua para lenguar, que lengüe.

Sandra, la cocinera que me cobró menos y me invitó a volver y cocinar, preguntaba cosas de esas que uno se olvida. Un fondo borroso para el brillo de la pregunta que tiraría después: ¿qué te haría volver a tu tierra? Como una zambullida en el río fresco y rápido, la pregunta me despierta, me pone entre paréntesis, me trae más acá. No sé responder y es otro motivo para seguir buscando. Mientras escribo, la canción ofrece consuelos: que me comprende, que me protege, que me abriga.

En este tiempo que ya no es de apuros, ando buscando. Sin saber bien qué, sin la urgencia de quererlo ahora; todavía ando. Me acompañan otros viajeros, el mate que nunca falte y ese candombe que siempre suena.

Llegué a Vilcabamba pasado el mediodía, tras paisajes frutados de mango, papaya y cuatro o cinco tipos de bananas... Llego y el señor que vende café en la esquina le hace honor a la fama de longevidad local. A lo lejos veo, inconfundible, un tambor piano. Voy. Toco. Es más fuerte. Se arriman otros, suena candombe, no queda nadie.

El aire de Vilcabamba, sus paisajes de postal y esa fama de cientoañeros han traído gente de todas partes por acá. Entre los tambores estaba Emma, de Lituania, de ojos azules, de vestido con flores, de quedarse bailando y desear la piel, de no volver a encontrarnos; entre los tambores estaba Will, de pelo blanco, de rayes con ovnis y no-fue-Osama, de un tambor chiquito bajo el brazo; entre los tambores apareció el Feli, de Montevideo y de Lima, de reencontrarnos y de un camping que se llamaba Rumi Wilco para apuntar.

En estas tierras pareciera que todo prende y yo me planto. No soltaré raíces porque sigo andando, pero aprovecho a estar y pongo ese punto y coma que sabe rico. Viajar es este estado, esperar lo inesperado, jugar con el tiempo, cruzarse y volver transformado. La palabra hasta y esa pregunta refrescante vuelven a mi puerta para susurrarle a esta crónica, que antes de responder calla y deja que suenen las guitarras, la milonga.

 Publicado por El Acontecer Diario


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