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Catacocha de noche. La niebla es tan densa que es nube. Cubre estos cerros altos, húmedos y verdes que son los Andes al sur de Ecuador y que por algo se llaman bosques nublados. Yo nunca había estado tan adentro.
| 27/02/2015
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Salgo a comprar algo para cocinar y entro en ella. Se puede ver a tres o cuatro metros, más allá solo hay luces y oscuridades. Las luces son negocios: varios cibers, dos o tres farmacias y algunas tiendas con “productos de primera necesidad”. Me saco los lentes y veo casi igual, es como si todos fuéramos miopes adentro de la nube.
El bombero que está de guardia, mi compañero de cucheta, dijo que la nube trajo el frío y me abrigué. Mi termómetro lo contradice, marca que Freddy no sabe lo que es el propio frío, pero me saco la campera y disfruto esta noche borrosa y tibia. Igual que ayer, hoy sudé por cada poro, pedaleando empapado cuesta arriba y refrescando solo un poquito en las bajadas.
Mientras pedaleaba pensé dos cosas. En verdad no sé si uno piensa “cosas”, pero más vale no colgarse de esa rama.
Primero pensé esto: pedalear en subida durante un buen rato me hace entrar en otro registro, cambiar de chip, mutar. Con Jean Philippe decíamos que es como meditar, pero hoy creí entender que ese estado corporal: las piernas presionando hacia abajo, una tras otra, músculos que se tensan y se relajan, los brazos y todo uno manteniendo o perdiendo el equilibrio económico de la línea recta, ese estado corporal, pensé, me pone en un lugar no-tan-humano: entre animal y máquina pensé.
La semana pasada me peleaba con los cuerpos-máquinas del carnaval: sus coreografías mecánicas, predecibles, todos iguales ante el baile. Hoy me fascino ante ese movimiento regular, inconsciente, mi cuerpo-instinto-animal ante el repecho imposible. Pensé en el baile y en el deporte y después ya no pensé; pedaleando, una tras otra las palabras no me alcanzan, quedan atrás: ni animales, ni máquinas.
Cuando volví a pensar salió esto: quizás Ramona se sorprenda al leer su nombre acá. Hoy me acordé de Ramona y su paso lento, su vestido floreado y una expresión que me encanta: “hasta ahora”. Te escucho decirla y te cuento de mí.
Hace cuatro días me despedí, lagrimeando en tierra arenosa, de un amigo inesperado. Fue un “hasta ahora” con Jean Philippe, compa de viaje que encontramos con Leo al norte de Argentina y con quien rodamos por Bolivia y Perú. Jean Philippe -el Juan, Filí- se enamoró y dejó la bici por un rato. Prometimos reencontrarnos en Ecuador, jugando a que podemos decir y saber algo sobre el futuro. En la ruta nos conocimos, nos amigamos, compartimos el pan y el mal humor del hambre, las bajadas y la música. Yo nunca antes había sido músico: no había estudiado el sonido, ni me había dado la cabeza contra los ritmos como con el Juan, no había trabajado como músico ni en la calle, ni en los bares. A un estudio de grabación había ido, pero como actor que acompañaba músicos. Ese tiempo juntos sonó, y quedaron ecos.
Ahora es otra historia. Viajo solo, hace solo cuatro días. Las diferencias hasta el momento: acampo en un lugar donde hay chanchos y extraño con quien hablar. El chancho grande se masturba con una roca y no es buen candidato para el diálogo. Charlo con gente de la calle (vendedores, vagos, curiosos) y salgo a perderme por la ciudad. A veces me dan ganas de llorar, a veces me río solo –de la vida feliz–.
Afuera la niebla en Catacocha hace como que no tuviera nada que ver. Como si ella no fuera este perderme y reír, esta soledad y este cuerpo-palabra; viajando, ya en Ecuador, cálido y alegre, a la noche hay música en la plaza San Sebastián.

 Publicado por El Acontecer Diario


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