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De sábado a miércoles estuvimos en la ciudad más carnavalera de Perú: Cajamarca. Entre coplas, corsos y guerras de agua, buscamos un carnaval que se viste distinto y amaga entre ser y no ser.
| 20/02/2015

“¿Qué es el carnaval?”, se burlaba el borracho pesado. Entramos en su casa buscando la música que salía por la puerta abierta: banderines de colores, la pista de baile tibia, grupitos tomando algo y una orquesta de viento despeinando gente. Eso había adentro.

Era sábado: puntapié del carnaval con guerra de pintura y joda corrida. El borracho pesado fue el primero de varios hombres que nos invitaron a tomar esa noche. Bienvenida bebible: primero fue la cerveza, después vino la chicha -una bebida de maíz fermentado que se toma hace siglos en los Andes- y prometían traer pisco cuando nos empezamos a ir.

De un lado los vientos soplaban a morir, del otro los copleros revivían las rimas de siempre a ritmo de conga, armónica y guitarra. Empezábamos a escuchar la melodía eterna de la copla, multiplicada en cada esquina por uno que llama y varios que contestan:

¿Para qué mi dios haría / Carnavales en febrero? / Pa´ nadar en tanto barro / y en tantísimo aguacero. // Qué bonito es carnaval / pa´l que lo sabe gozar. / Como yo lo sé gozar / Bonito lo he de pasar //

Otra vez el carnaval hablando de sí mismo, esa voluntad de espejo incrustada en los trajes. Y digo trajes para sacar el tema del corso: ¿qué otro evento podría ser más carnavalesco? El grupo enredado en la calle, jugando a ser otro, poniendo el cuerpo afuera; como candombero no puedo enfocarme en otra parte. El borracho pesado se reiría de mi intento de ponerle palabra y los analistas sumarían más letras aún: que el carnaval es el mundo patas arriba, la transgresión de jerarquías sociales impuestas... pero yo diría mirá, fijate cómo se mueven... Mejor: dejá de fijarte y andá a bailar; seguí con ellos incluso cuando no puedas más.

Pero en Cajamarca pocos bailan hacia el límite. Al corso le falta ese ají que está en todas las mesas peruanas. Claro que hay otro mundo andando por la calle, con personajes de todo tipo -monos y cucarachas, incas y conquistadores, bailarines alados con sombreros altísimos. Pero bajo las ropas del corso veo poco cuerpos en ebullición.

Pará un poquito: ¿qué mito ponés en tus lentes? ¿Cuerpos hirviendo? Eso no abunda en el carnaval uruguayo, aún en mi querido candombe: cada vez más ordenado y concursero. Pregunto: ¿quién puede hervir en los escuadrones coreográficos? Todos para acá, todas para allá; viene el corte, pierna adelante, brazos arriba. Clic, pose, chás-chás.

Aún así, el corso de Cajamarca deja mucho que desear. El domingo y el lunes vimos conjuntos disgregados, cuerpos distraídos con poca música que los motive, vallas separando a comparseros y espectadores... Pero ya que empezamos a buscar y no lo encontramos en el corso, miremos afuera, a ver si el carnaval andaba por ahí.

Pum. Una bombita me estalla en la espalda. Splash. Ahí cerca alguien responde con baldazos al sofisticado de la pistola. ¡Esa! Por el aire una bombita azul vuela hacia la policía. Ojo, pará el ojo: mirá cómo mojan a las mujeres, mirá como apuntan a las jóvenes, el chorro de agua directo al culo. Mirá lo que cantan Ay que linda señorita / ¿Quién será su enamorado? / Yo quisiera conocerlo / Pa´ matarlo al desgraciado.

Las coplas son carnaval: exagerando, diría que todo el mundo canta coplas, todo el tiempo, en todos lados. Al son de redoblantes, bombos y quenas, saxos y trompetas, el carnaval se canta, se toca, se comparte como tradición en la calle. Hay mucho alcohol, hay grupos de amigos y conocidos que recuerdan los cantos de siempre, los encarnan a viva voz.

Buscando esa esencia del carnaval vuelve aquel borracho pesado. Agresivo, machista, carnavalesco, el borracho es uno de los hallazgos de la búsqueda. Es el martillo que me parte la cabeza y rompe el mito de un carnaval subversivo, de cuerpos hirviendo. Todavía me abrazo a pedazos de ese mito pero Cajamarca me mostró, otra vez, que no hay pureza en la fiesta.

 Publicado por El Acontecer Diario


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