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El ejército de karatecas coreanos atraviesa el desierto. Un hombre de ojos rasgados, los pómulos marcados por dos líneas de pintura corre descalzo, a grito pelado. Detrás suyo quince guerreros, camuflados y con cinturones negros, pedalean por la arena sin esfuerzo.
| 13/02/2015
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Dos buitres, una lagartija, y la sombra de las nubes sobre la pista interminable: ese es el paisaje. La pista es aburrida, pantalla de calor eterno surcada por una línea blanca. De repente el ómnibus frena rápido y abres los ojos, ¿dónde quedan el ejército, el grito pelado, las bicicletas en la arena?
Me imagino un gurí del otro lado del río. Está subiendo una rama alta para tirarse al Yí y refrescarse. La rama tiembla: él salta, vuela, nada, todo el cuerpo bajo el agua y el aire que entra por las narinas. Sus pies de vuelta en la tierra, tábanos que quieren morir y la tanza tensa entre sus dedos. Pica pica tararira, agua viva del juncal.

Después llueve y vuelve a llover. Del gurí no queda ni la sombra. Hay un reino bajo el agua: el monte ahogado, los módulos sin torta frita, hamacas calladas y esa churrasquera vieja; es el reino de un descuidado.

Más acá me pregunto: ¿qué hacen? Cinco niños grandes y un hombre viejo cinchan una soga verde que entra en el mar. Insisten. La soga se sumerge entre las olas; diez, veinte minutos y los pierdo de vista. Ahora están rodeados de curiosos y vos sos uno más, sos la que mira tras el cerrojo de este punto. ¿Qué ves?

Más grandes que mis manos, estos seres vienen de otro reino. Son esqueletos color naranja ya quietos en la arena fina. Sus pinzas filosas, caminar reverso y rostro agresivo, su carne poca pero gustosa en el ceviche mixto. Los seis insistentes se quedan solo con los pescados, estiran la red verde desechando esta multitud de cangrejos y desparramando las aguas vivas. Es el reino de un soberano con la panza llena.

Juan y Vanesa llevan dos botellas con piripicho, cargadas de pócima contra gusanos. Admiro sus bellezas pasando la carretilla bajo la sombra: él rubio, de espalda ancha y andar liviano; ella morena, el pelo negro recogido, el cuerpo sinuoso. Es de lo peor que te puede pasar, tener árboles de mango agusanados. Llenos de pulpa jugosa, oro perforado por túneles de bichos indeseables.

La pócima que llevan Juan y Vanesa es guano de cuy fermentado en agua. Escribimos guano porque mierda es una palabra sucia y nos da vergüenza; algo que perfume el aire, por favor. Ah, gracias. Algo me dice que es tiempo de ordenar el juego: ¿dónde? ¿cuándo? ¿qué hora son mi corazón?

Estamos en Eutopia, un centro agroecológico en Reque, Chiclayo, costa norte de Perú. Es 12 de febrero de 2015: once meses y un día de viaje; tres días más allá del permiso de estadía en Perú. Después de un mes bajé del bus y ahí estaba Juan, mi compa de viaje, hermano, amigo. Una cerveza en la plaza y las dos bicis que se pierden en los caminos arenosos camino a Eutopia.

Como es el desierto jugamos a ser como ellos. No la tenemos clara como los Chimu, los Moche o los nativos de Nazca, que viviendo entre la arena bajaron el agua desde las montañas a los valles usando canales, la almacenaron bajo tierra y violentaron la paleta árida con diferentes tonos de verde. Verde que te como verde.
Saberes tapados por el tiempo y la arena: hoy el riego es escaso y cuando está es una maquinita que gira soltando chorros. Nosotros solo jugamos a ser como aquellos nativos, cavando canales que lleven agua al maracujá para un buen jugo. Canales que nos dejen plantar verduras, saciar la sed de los arbustos, sentir que hacemos al mundo nuestro sin dejarle machucones. Es el reino de un monarca que se saca la corona.

 Publicado por El Acontecer Diario


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