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Pilar, de Miraflores, usa velo. El de hoy es azul marino, pero otras veces lo lleva celeste o blanco. El hostal de Pilar es una isla de precios en este barrio rico, con jardines floridos, mucho vigilante y orden más orden por favor.
| 07/02/2015
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Estoy con Pilar en la terraza de su “Casa del Mochilero” buscando uno de mis championes celestes, de lona y con cordones amarillos. No parece que esté acá, pero por las dudas insisto y Pilar demuestra su cristiana vocación de servicio, agotando las posibilidades:
- Pero has perdido solo uno...
- Sí, no sé cómo fue... No importan tanto en realidad, estaban viejitos y no abrigaban; pero los guardaba porque la suela gastada era buena para bailar.
- Entonces será que el señor no quiere que bailes. Quizá diga que bailes sus danzas pero no las músicas del mundo.
Claro que no me aguanté lectora, que te pensás lector: quiero y bailo creyendo, retruco y bailo hereje.

***

Tomás, del colegio Newton en Jesus María, levanta la mano y pregunta. Su mano no es tan chica si la conectás con sus 8 años. Me mira y pregunta:
- ¿Qué pasaría si todo lo que imaginamos existe?

***

Mario, de Cuzco, está de vacaciones. Camina por un boulevard arbolado donde yo limpio los piñones de la bici a la sombra. Mario me ve y para:
- ¿Sabes repararla?
Mario me vio, se acercó, notó lo dejada que estaba la cadena, la cantidad de aceite que faltaba en todas partes, lo descentrada que estaba la rueda de atrás y se puso en acción. Dos locos que se engrasan las manos, contrastando con la coquetería urbana, dos amantes de la bici tan distintos: Mario y yo. Él recibió biciviajeros hace veinte años en su casa, se hizo amigo de un francés ganador del Tour de France y tiene mano para la bici, porque se da idea y porque corrió carreras cuando era más joven. Yo, más viajero que ciclista -amante de la bici como sensación, como idea- soy incapaz de dejarla tan suave y ágil como lo hace este hombre de jeans y remera azul por dentro.
La bici queda a punto para volver a la ruta y yo me pregunto por qué cuando uno se sale de lo esperado pasan, tantas veces para creer en el más puro azar, estas magias.

***

Vero, de Montevideo, me da un abrazo. Nos damos. Hace casi un año que no nos veíamos, después de varios meses de compartir los días como compañeros payasos y amigos que se quieren bien. La noche me lleva rodando de vuelta a casa, a este colegio Newton que se ha hecho casa, y les confieso a los tangos que suenan en el auricular que yo me había olvidado de lo que era un buen abrazo.

 Publicado por El Acontecer Diario


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