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Ninguna carretera llega a Aguas Calientes, el pueblo bajo el Machu Picchu. Pero hay varias formas de moverse hasta ahí: a pie, en tren o aterrizando en el helipuerto. Ya en el pueblo, los ´buses ecológicos´ Mercedes Benz son los únicos motorizados. Si precisás mover cosas pesadas cargalas o pagate unos brazos y una espalda, como la del hombre verde.
| 19/12/2014
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El hombre verde llega y deja la mochila. Camina hacia los baños, donde la cuidadora escucha unos huaynos. Es el primero de Alpaca Expeditions en entrar al camping; más atrás vienen sus compañeros cargando el equipo -carpas, cocina, provisiones- de los turistas que hacen el Inca Trail: la caminata cool hacia Machu Picchu. Caminan liviano, otros tienen brazos y espaldas.
Dicen que fue un niño. Hiram Bingham III se lleva los laureles por haber descubierto “científicamente” el Machu Picchu, después de trepar sudando ese monte tupido de verde y mosquitos. Lo acompañaba el sargento Carrasco, el guía y traductor con quien salió de Cuzco en busca de la “ciudad perdida de los incas”. Pero el que sabía hacia donde iban era Melchor Arteaga, un campesino que había aceptado guiarlos a cambio de un sol. Hoy un sol vale casi tres dólares y la entrada a Machu Picchu vale ciento veintiocho. Bingham III era profesor en la universidad de Yale y llegó al Machu Picchu cansado, pero lo alivió encontrar a unos campesinos quechuas que cultivaban en las terrazas del sitio. Hiram recuerda:

“yo no estaba demasiado ilusionado, ni apurado por moverme. Todavía hacía mucho calor, el agua del manantial de los indios estaba fresca y deliciosa, y el rústico banco de madera, amablemente cubierto con un suave poncho de lana ni bien llegué, parecía realmente cómodo. Además, la vista era cautivadora…”.1

Fue un niño el que rompió la tranquilidad y cambió la historia. Esperando al norteamericano, que se movía tan lento, el niño subió otro poco, giró tras unas rocas y señaló con su dedo:

“Era difícil distinguirlas, cubiertas de arbustos y musgos crecidos durante siglos, pero entre la densa sombra, y escondidas tras matorrales de bambú y parras enredadas, se veían aquí y allá, paredes de granito blanco cuidadosamente labrado y dispuesto con exquisitez.”

Es fácil imaginar la emoción de aquel explorador hoy en día, pero no tanto revivirla. El montaje turístico alrededor del Machu Picchu encuadra demasiado la foto y cuesta sacar la vivencia del recuadro. Igual, uno tarda en cerrar la boca tras ver el esplendor de la construcción inca en un paisaje tan imponente como hermoso e imposible.
Imposible sacarse los zapatos. Viene el guardia con sombrero de explorador y se enoja: “van a ponerse sus zapatos pues, esas medias sucias son mala imagen para los turistas”. Viene ahora su superior: “Señor, ¿sabe usted lo que es un santuario? ¿Conoce algún santuario del mundo donde la gente se saque sus zapatos?… Esas son costumbres de otras partes, no de aquí”.
De otras partes vienen: foto y billetes. Las señoras más cansadas se dan un shot de oxígeno al llegar a la cima, una pareja calibra la foto de ella -un poquito más acá- teniendo entre sus dedos al Wayna Picchu y somos pocos los que nos cansamos subiendo las escaleras.
Bingham tuvo suerte: quién pudiera ver al Machu Picchu cual santuario, señalado por un dedo niño y vacío de fotos-pa´l-face.
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1 Bingham, Hiram: Inca Land; citado en Macquarrie, Kim: “Los últimos días de los incas”, traducción revisada por el autor.

 Publicado por El Acontecer Diario


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