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Tres señoras de pollera con tres sombreros altos y blancos. Tres cintas en azul, bordó y nomeacuerdo. Somos los únicos que no hablamos quechua en la trufi que nos llevará hasta el kilómetro 82 para empezar nuestra caminata hacia Machu Picchu.
| 16/12/2014

Por tres soles el vehículo nos tambalea en un camino de tierra bordeado de maizales. Las señoras se bajan antes de destino y en el kilómetro 82 quedamos solo nosotros y el chofer. Allá hay una tienda. La palta vale demasiado cara pero el pan que nos llevamos cuesta los 20 centavos de siempre. Bajando por el camino hay una pequeña estación de tren y la vía que seguiremos durante 28 kilómetros nos espera.
El trabajador nos advierte que no se puede caminar por la vía y le agradecemos el aviso, desobedientes. Entre piedras y durmientes nos vamos caminando por el camino más barato hacia la ciudad sagrada, hacia el palacio y santuario del Inca Pachacútec, al lado del caudaloso y marrón río Urubamba.
A cada rato nos acordamos del Leo. La idea era llegar hasta acá los tres juntos y nos late el recuerdo cada día, desde antes de llegar al Cusco. En una vamos caminando y prendo la cámara, pim, aparece la idea y empieza a grabarse un regalo de navidad con pista.
Fuerte y clara: la bocina anuncia al primer tren y un sonido grave crece durante varios segundos. Nos hacemos a un lado rápido y esperamos un rato, tranquilos de saber que la cosa viene con aviso. Ahí viene el PeruRail: azul, amarillo y humeante. Saludamos al maquinista, que en otras vías era mi abuelo José, y vemos pasar los vagones. En el primer ventanal una señora de pelo corto nos mira frunciendo y en sus ojos leo “pero cómo van a estar acá”. Son instantáneas las miradas, como las imágenes en las cámaras de esos turistas que ya se fueron.
Pasan cada quince minutos más o menos y son distintos. Los hay largos de 6 o 7 vagones y cortos como los del Inca Rail, que va perdiendo por lejos la competencia. Oración aparte nos merece el Hiram Bigham: un tren de lujo, con copas de vino en manos coquetas, música a bordo y lámparas que dan tonos amarillos a una pintura que pasa en la noche. El Bigham vale más de 400 dólares de ida, pero eso no brilla.
Los caminantes acampamos a medio camino y nos anochece con arroz, lentejas y huevo. A las siete y media ya estamos acostados y dormiremos pronto, pese al sonido del tren que llega en surround y no le envidia nada al del cine.
Así es contar: dije que nos acostamos y ahora ya estamos despiertos. Y ahora ya caminamos de vuelta, por suerte Juan hoy lleva la mochila pesada. Y ahora encontramos un arroyo con agua más rica que la embotellada en el Bigham. Y ahora la transición hacia la selva se vuelve fiesta de colores, sonidos e insectos y por suerte el repelente anda bien. Y como me queda poco espacio ahora ya llegamos al pueblo de Machu Picchu.
Sin dudar vamos al mercado: el único lugar del pueblo donde los extranjeros no son mayoría. Nomás vernos lamentar el precio de la palta las mamitas nos bajan un tercio y nos regalan siete bananas; las de más allá nos llenan una bolsa de papas y luego otra de tomates de regalo.
Estamos en Machu Picchu y de alguna forma el Leo viene con nosotros. Puede que mañana subamos a conocer uno de los sitios arqueológicos más visitados del mundo, pero esa ya es otra historia.

 Publicado por El Acontecer Diario


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