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La nube naranja se acerca. Segundos después nos tapa. La nube ahora envuelve todo, cubre la vista, tose y se pega al cuerpo sudado. Al irse, se hace la simpática pintando los rayos de sol entre los árboles.
| 11/10/2014
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La “ruta de la muerte” y sus precipicios

Ni siquiera cruzamos el río Mamoré y ya desistimos de pedalear esta ruta inhóspita entre Trinidad y Rurrenabaque, puro polvo, pozos y selva desolada. Mal consuelo ver los lagartos al sol y las garzas que parecen esculpidas en madera desde la ventana del bus, pero a veces hay que ser realista.
Solo a veces. Va una historia como argumento: vamos a bañarnos en el río Beni, en la hermosa Rurre. Hace calor, bastante calor. Bajando hacia el río, nos sorprende un edificio alto, con techo de hojas de palma, quizás un hotel. Puaj, el río es demasiado llano y harto barroso. Salen burbujas del agua y pensamos en animales que nos quieren comer, ¡huyamos!
A la noche, vamos a tocar al “Luna Lounge” y entre los turistas salen los billetes. Nos piden que toquemos adentro y pasando la gorra un hombre de rulos me pide que me acerque:
¿Ustedes se estaban bañando en el río hoy, frente al Lobo, no?
Sí –no entiendo lo del lobo– en el lodo.
Bueno, no les doy para la gorra ahora pero los invito al hostel que está al lado.
El hombre de rulos es Fernando y el Lobo es el edificio alto con techo de hojas de palma. A veces el realismo falla. Nos quedamos tres noches en un lugar cómodo, con piscina y mesas de pool mirando hacia los cerros vestidos de verde al otro lado del río Beni. Pasan los botes río arriba y les contestamos con música… Nos recostamos a leer y conocemos gente linda. Damos mil gracias a Fernando, del hostal Lobo que nos abrió las puertas para disfrutar varios días en Rurrenabaque.
Entre la bella Rurre y La Paz están los Yungas. Una serranía verde, llena de quebradas y cascadas, cada vez más alta hacia la Cordillera. Subimos en bus y en la noche nos despierta un choque, un raspón y otro choque. Casi todos los pasajeros piensan que el chofer se durmió y las ventanas de mi lado están acostadas sobre la montaña. Suerte que en los Yungas manejan por la izquierda, sino caíamos por el precipicio.
Eso, precipicios, es lo que hay en la “ruta de la muerte”. Primero en una trufi y luego en un camión, subimos y subimos hacia los 3200msnm. Frente a las montañas nevadas nos abrigamos al máximo, prendemos la cámara y empezamos la bajada. Más abajo, el suelo es de ripio que se corta con caídas abruptas y se moja con cascadas que bajan por paredones enormes. El lugar es simplemente hermoso. Pero esta ruta, que hoy es turística, fue durante demasiado tiempo la única forma de subir hacia La Paz y no sorprende ver tantas cruces al lado de la ruta.
Veníamos bien hasta que Leo pierde el invicto y pincha por primera vez en 7 meses de viaje. Para peor no tenemos parches, somos unos nabos. Al rato Leo se acuerda del consejo de Fabi Fiori, un amigo mecánico de Durazno, para estos casos y un paisano se ríe viéndonos rellenar la cubierta de arena. Contra todo pronóstico, la bici rueda y así bajamos entre cerros, ríos y con el pueblo de Coroico mirándonos desde arriba.

 Publicado por El Acontecer Diario


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